Agonizo en tu silencio al preguntarte si me quieres. Pierdes la mirada en el mar y sonríes al aire, ese aire testigo de la incertidumbre habitante en mi alma.
Aún no he aprendido a interpretar tus gestos, muecas o señales, asignatura pendiente de la que evitas ser mi maestra. Nunca se te ha dado bien hablar claro, mostrar sentimientos...Siempre he sido yo quien ha pagado esta actitud un tanto egoísta.
Dices que no deseas sufrir y me prohíbes conocer tus secretos. Me niegas explorar en tus sueños y sellas los labios cuando te ruego sinceridad. Por temor...por orgullo, intuyo.
Ansío intensamente que destruyas esa coraza, que dejes de fingir que así eres más feliz. Deseo fervientemente que desvíes tus ojos de las olas y me muestres tu verdad.
Continúas observando la mar serena, cómplice tal vez de tus pesadillas y envidio su libertad, esa libertad que te atrapa el alma. Yo, preso y amarrado a tu espíritu, te contemplo sin poder acostumbrarme a las palabras que no emanan de tu boca.
Escucho tu respiración mansa y rítmica, culpable de la agitación de la mía. Tomo tus manos en un intento de percibir la calidez que evitas transmitirme con tu comportamiento y las siento gélidas, como esta tarde de invierno. Idolatro tu belleza, en paz con tu calma, una calma que necesita mi atormentado interior. Te susurro que eres hermosa y tú no dices nada, como el que guarda un secreto, como el que calla y otorga.

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