jueves, 5 de diciembre de 2013
Diciembre...Gracias por venir!
Por fin me he quitado de encima a Noviembre. Pesa mucho y cada año se empeña en acompañar la soledad con ese frío que llega a los huesos, que encoge y al que sólo puedes susurrar que se vaya mientras te abrazas el cuerpo tiritando, con un vano intento de salvaguardar el corazón. "Vete, corre, vuela"...voló, por fin. El frío de Noviembre, látigo sin compasión, desapareció.
Me quedan las penas, la soledad y el dolor; pero todo lo malo se suaviza en Diciembre. Se endulza con el turrón, se ensordece con alegres villancicos, se vive en compañía y se disfraza de esperanza.
El último mes del año, bueno en todos los casos: bien cuando cierra un año memorable o cuando despide a uno fatídico.
Sin embargo, para mí no sólo es el punto final de los doce meses anteriores. Yo vivo Diciembre. Al contrario de lo que ocurre con Noviembre, que hace que me acurruque sin apenas defensas y dejo que todo surja sin intervenir por temor al latigazo; este mes, me da la bienvenida, me sonríe y sale conmigo a pasear. Me presenta a un frío combatible con hermosos abrigos, coloridos fulares y elegantes guantes; me muestra un paisaje repleto de lucecitas y motivos navideños; me acompaña con alegres melodías y me contagia la ilusión de los niños ante la fantasía, la de la familia al reunirse, la del glotón presenciando un buen banquete, la de la adolescente con su vestido de nochevieja o la del que come las uvas, afortunadamente, un año más.
Diciembre no siempre ha sido maravilloso, porque es a lo que nos arriesgamos cuando salimos a jugar; pero, en mi caso, aunque no haya empezado todos los años como me gustaría, nunca he tenido queja de su despedida. Tal vez por eso se lo perdono, me deja un buen sabor de boca.
Éste es mi mes y está para que me cuiden. Estos 31 días, dejo que me mimen: que me feliciten por mi cumpleaños, que me besen, que me vayan a buscar al trabajo, que me arropen y me hagan reír.
Desde hace unos años, mi estado de ánimo varía dependiendo de aquél que un día me dijo: "Ahora que nos han presentado, nadie ni nada nos va a separar". Más bien, de su actitud en cuanto a mí, puesto que me aferré a esa frase pronunciada una primavera. Desde entonces, el látigo de Noviembre asoma en pequeñas dosis en cualquier mes del año cada vez que el que pone un muro entre los dos es él.
Me niego a que me afecte más, me niego a que no me aporten cariño, a que me den la espalda... En Diciembre, no.
Debería estar prohibido devolver un mal gesto a alguien que te recibe con una sonrisa, así que no voy a ser maleducada.
Tu canción, por excelencia. Tratémonos bien, Diciembre:
http://www.youtube.com/watch?v=AwE-VEiYXpI
viernes, 29 de noviembre de 2013
Te juro que era buena chica Marina...
Conozco a Marina desde que tengo 11 años, cuando vino a vivir al
barrio donde yo vivía. Ella no acostumbraba a unirse a nosotros y únicamente se
le veía cuando iba a comprar a la tienda de comestibles por encargo de su
madre, al salir a buscar a su hermano a la plaza o en fiestas. Marina no
estudiaba en el pueblo y sus amistades estaban en la ciudad, así que para la
mayoría de nosotros era una completa desconocida. Llamaba la atención por su
aspecto impoluto; por su educada manera de expresarse y por el mero hecho de
que fuese a un colegio privado en "Sanse", motivos suficientes para
que se ganara el mote de "La Fina". A mí me gustaba observarla andar
con la cabeza gacha cuando el camino le obligaba a pasar frente a nosotros o
ponerse colorada cuando a algún colega se le ocurría hacer alguna gracieta referida
a su físico. Era guapa, quizá no más que el resto de las chicas que sí jugaban
en el barrio, pero ese misterio que transmitía me resultaba de lo más
interesante. A mí y, por lo que me enteré más tarde, a todos aquellos que la
increpaban (no me excluyo de haberle soltado alguna perlita). Se demostraba
aquello de que "los que se pelean se desean".
Los años pasaron y el barrio dejó de ser punto de reunión. Todos
crecimos, algunos nos independizamos, estudiamos, cambiamos de amistades…Yo
conocí a una chica con la que me fui a vivir y empecé a trabajar en una
empresa. Veía a Marina cada vez que volvía a visitar a mis padres o alguna
noche de fiesta en la que acabábamos charlando y poniéndonos al día. Siempre
fue una persona con la que me sentía muy cómodo, podía hablar de cualquier tema
con ella y sabía escuchar. Me llegué a dar cuenta de que le confesaba cosas que
no revelaba ni a mis propios amigos, ni a mi pareja. Le declaraba temores que
tenía en la vida, expresaba mi pena por la muerte de mi padre, le hacía
cómplice de preocupaciones personales…También he de decir que hubo una
temporada en la que mi novia y yo no pasábamos por una buena racha y dediqué muchas
mañanas postjuerga a esperar a Marina a la salida de la discoteca que
frecuentábamos, para desahogarme camino a casa. Yo hablaba y hablaba y ella
escuchaba para luego aconsejarme que luchara por aquella relación. Nunca quise
que me contestara algo igual. En mi interior, deseaba que me dijera que
abandonara y que lo intentara con ella, incluso se lo hice saber en alguna
ocasión pero sus largas eran repetidas. ¿Motivo? Yo tenía novia y sabía que no
la dejaría. Su inteligencia y sentido del humor me apabullaba y me enganchaba
más.
Decidí evitarla durante mucho tiempo y dejé de verla. Me llegó la
información de que no se perdía una, de que cerraba cualquier garito y se iba a
desayunar con conocidos que la invitaban a cervezas hasta que la llamaba su
madre por teléfono y cogía el autobús hacia casa. También me contaron que
mantenía una relación bastante turbulenta con un chaval de mala vida y con
tanto dinero que no sabía qué hacer con él. A mí estos chismes me sorprendían
tanto como me asustaban. Las veces que la veía yo era caminando sola hacia el
puerto, andando por la orilla del mar, leyendo en la playa…Era independiente y
solitaria, algo bohemia y cierto es que los fines de semana los dedicaba a
salir de juerga, pero la concepción que tenían mis amigos de ella distaba mucho
de lo que yo conocía.
Una de esas noches, coincidí con ella a la entrada de un bar.
Estaba con dos amigas, notablemente borracha y no quería volver a casa.
-¡Pero si es pronto! ¡Vamos a bailar un poco! –protestaba ella.
-Nosotras estamos cansadas y no te vamos a dejar aquí. Venga, ¡a
casa! –la animaba una de sus acompañantes.
Me acerqué a ellas y Marina, al verme, se lanzó hacia mí y me dio
dos besos. La tuve que sujetar porque se tambaleaba un poco.
-¿Tú te crees que se quieren ir a casa a estas horas?
Me hizo gracia su manera de hablar, como conteniendo una carcajada
pero a la vez exhibiendo su espontaneidad.
-Desde luego que es como para no creérselo, pero creo que lo dicen
en serio. –contesté con la misma expresión de estar evitando echarme a reír-
Quédate conmigo si quieres.
Juraría que se le cambió el gesto. Miró a las dos chicas que la
esperaban, asintieron (ya me conocían y supongo que confiaban en mí) y accedió.
Fue una noche divertida en la que bailamos, charlamos, reímos…
La animé a unirse a mi cuadrilla, pero rechazó tajantemente la
invitación:
-¿Por qué?
-No te ofendas, pero no me gustan los cavernícolas.
Entendí al instante que era consciente de las habladurías y que
consideraba que el problema lo tenían ellos por ser tan machistas y no ella.
Quise saber en qué momento sentimental se encontraba ella sin
preguntarle directamente por aquel chaval del que me hablaron y lo único que
desveló fue que quería estar bien porque lo había pasado muy mal. La abracé fuertemente
con el arrepentimiento de un culpable pegado a la espalda, con la sensación de
un egoísta avergonzado, con la intención de arroparle lo que en todo este
tiempo no lo había hecho y susurré que me perdonara.
-¿Por qué?
-Porque tú siempre me has escuchado y me has apoyado en los
momentos más difíciles y yo no he estado ahí para ti.
-Vamos a bailar.
Cogió mi brazo y tiró de él guiándome hasta un bar donde nos
adentramos a seguir la farra. Parecía que evitaba cualquier acercamiento que
cruzara el límite, evadía cada mirada intensa que le dedicaba al chinchinear
nuestras copas, se mostraba algo incómoda cuando ponía mis manos en su cintura…Y,
de pronto, empezó a cantar Bob Dylan el estribillo de Knocking on Heaven´s
Door, se acercó a mi oído y me dijo:
-¿Sabes que Antonio Flores tiene una versión de esta canción en
español?
-¿Ah sí? ¿Cómo se llama?
-No puedo enamorarme de ti.
Nos entró la risa.
-¿Tú nunca mientes, Marina?
Sin borrar su sonrisa de pilla y siguiendo el ritmo de la música
con el cuerpo, negó con la cabeza. Me dio un vuelco el corazón.
Cuando ya amanecía, cogimos un taxi y paramos primero en mi casa.
No quería despedirme de ella, no quería dejarla irse en aquel coche porque
tenía la certeza de que sería la última vez que viviríamos un momento parecido.
Yo tenía pareja y ella…ella era inteligente.
-Bueno Luis, lo he pasado muy bien.
-Yo también. Dame tu número de teléfono.
Resopló.
-¿Para qué?
-Para llamarte un día y hablar.
Parecía reacia, pero aceptó. Me dictó su número y agregó:
-Si quieres hablar algún día, si necesitas ayuda por algo…llámame,
vale.
Antes de bajar del taxi, la besé. Fueron tal vez tres segundos,
cuatro, seis…no lo sé, pero no fue ni corto ni largo. Duró el tiempo suficiente
para que ella se sintiera culpable y yo un desgraciado por haber construido ya
una vida cómoda, ajena a ella.
Volví a ver a Marina en próximas ocasiones. Nos saludábamos
cordialmente (un “hola y adiós”), algo estallaba dentro de mí, respiraba
profundo porque me faltaba el aire y cada uno seguía su camino.
Continué escuchando cotilleos sobre ella: que seguía sin abandonar
la fiesta nocturna, que no había finalizado del todo su relación con el macarra
de la ciudad, que había intentado enrollarse con un tal Miguel…Cuando me enteré
de esto último, quise salir en su defensa:
-Marina no es así.
-¿Ah no? –preguntó escéptico un amigo.
-No, yo la conozco desde hace muchos años y sé que no es así.
-Bueno, esa chica es un poco floja.
-¡Que no, tío, que no! –me enfadé- Te digo que podría haberse
liado conmigo porque se lo he puesto a huevo un montón de veces y nunca ha
pasado nada.
-¡Qué dices Luis, tío! Pero si tú estás con Vero.
Todos se escandalizaron al escuchar esto, pero en aquel momento me
dio exactamente igual. No podía permitir que hablaran así de Marina.
-Es una chavala que siempre me ha gustado, siempre ha habido
tonteo entre los dos y ella terminaba frenando.
-¡Buah, encima es una calientapollas!
Mis amigos se reían a carcajadas y yo no sabía cómo salir de
aquello, convencerlos de que aquello no era así parecía imposible.
-Bueno… –interrumpió de pronto el jolgorio otro de ellos- lo de
Julio lo calienta para luego comérselo, ¿no Julito?
El mencionado se molestó. En ese momento, me percaté de que era el
único junto a mí que nunca reía las gracias relacionadas con Marina.
-A mí dejadme en paz…
-¡Tú las matas callando, chaval! ¿Pero cuántas veces ha discutido
con el yonki ése y has sido tú quien la ha consolado? ¡Que esa tía va pidiendo
guerra!
Observé a Julio que ni siquiera se defendía y se mantuvo impasible
ante los vulgares comentarios del resto. No despegó la mirada del televisor en
ningún momento, como si el tema no estuviera relacionado con él y entendí que no
era la primera vez que soportaba aquel comportamiento por parte de sus colegas.
Aun así, parecía importarle poco lo que dijeran, bien porque estaba
acostumbrado o bien porque él sabía como yo que Marina no era como la juzgaban
y veía inútil discutir sobre ello con esta panda de garrulos. Por lo que sé, ellos
dos siguieron acostándose hasta hace no mucho. Hasta que ella conoció a otro
chico de mi mismo círculo, casualmente.
Conectaron desde el primer momento, según fuentes que estaban
presentes la misma noche que los presentaron. Pasaron horas y horas
compartiendo risas, chistes, coqueteo y alcohol. Tras esta noche donde Juan
juró que no pasó nada más allá de lo que se pudo ver, mantuvieron durante
varias semanas contacto vía teléfono y parecía que todo iba bien. Él me parece
un buen chaval y me alegré de que pudiera surgir algo de esta historia. De
momento, los amigos más crueles no se envalentonaban para opinar y él tampoco hablaba
sobre el tema más que con gente de su más confianza.
Pasó el tiempo y yo apenas aparecía por el local, trabajaba mucho,
seguía teniendo problemas con Vero y no me apetecía salir. Perdí bastante el
contacto con mis amigos y vivía enfrascado en mi mundo, con mis problemas y mis
pocas ganas de nada. Solía aprovechar para ir a pasear hacia la playa algún que
otro atardecer, después del trabajo. Era mi momento de paz, de descanso, de
reconciliación con el mundo que últimamente sentía que no me trataba bien. La
última vez que me topé con Marina fue al llegar a la playa. Estaba sentada en
las escaleras que dan acceso a ella y miraba hacia el mar.
-Marina.
Giró su cabeza hacia mí y me sonrió sin ganas de sonreír. Se le
veía triste…o cansada.
-Hola Luisi.
Me sobrecogió que utilizara el mote con el que me bautizó muchos
años atrás.
-¿Qué tal estás?
Volvió a dirigir su mirada hacia el mar y contestó casi en un
susurro:
-Bien.
Comprendí que fui algo inoportuno y que no era momento para hablar
con ella. Probablemente, mi presencia le estaba molestando. Así que me despedí:
-Vale, te dejo sola. Te llamo algún día, ¿vale?
Ella asintió volviendo a marcar esa mueca de sonrisa forzada sin
desviar los ojos de las olas. “Sola, sola…” pensé.
En cuanto subí al coche, llamé a mi amigo Juan y le pregunté por
Marina.
-No sé, hace mucho que no sé de ella.
-Pero, ¿hubo algo más? ¿Intentasteis algo?
-No, no, pasé. Estos me contaron mil movidas de ella, me enteré de
que se solía liar con Julio, de que quería con Miguel, de que contigo también
hubo algo….¡bah!
Me subió la sangre a la cabeza.
-Oye que no, que conmigo no pasó nada…
-Ya, ya… –me interrumpió- ya da igual, paso total.
-Te gustaba, ¿no? ¿te caía bien?
-Sí, me gustaba. Era una tía muy maja, me reía mucho con ella…todo
guay, pero hay cosas que no…no me gustó lo que me contaron de ella y punto.
Además, creo que ha vuelto con el “perlao” éste…
Me sentí fatal. Por ella, por mí, por Juan…Una sensación de
impotencia, de culpabilidad, de rabia…se apoderó de mí. Marina sólo quería
estar bien y no podía estarlo porque todos la juzgaban sin conocerla y no la
conocían porque le colgaron una etiqueta que no se merecía. “Sola, sola…” porque
a pesar de que a ella no le importara que la criticaran, el resto dimos mucha
importancia al “qué dirán”. ¿Cómo podía luchar yo contra eso si contribuí en
ello?
Decidí llamarla y, al
buscar su nombre en el teléfono, recordé que lo borré en cuanto vi a mi novia
durmiendo al llegar a casa, minutos más tarde de facilitármelo la noche que la
besé.
Marina me dijo una vez que siempre decía la verdad y yo sé que no,
porque aquel atardecer me mintió al
contestar que estaba bien. Esto sí que no se lo contaré a nadie.
No tengo nada más que agregar a esta entrada, sólo una canción que cantaba Rizzo (¡qué bien que me cae este personaje ahora que he crecido!) en Grease y que (para mí) es un himno:
jueves, 28 de noviembre de 2013
La boda de Frenchy
Tod@s conocemos la película Grease. O, por lo menos, hemos escuchado hablar sobre ella. Algun@s incluso la consideramos la película estrella de nuestra adolescencia y la volvemos a ver en la ya no tan adolescencia cada vez que la emiten alguna tarde de sábado por televisión (el dvd abrigado con una mini chaqueta de cuero fue EL REGALO de mi veintitrés cumpleaños). Por ello, hemos imitado alguna vez el agudo final de Danny Zuko cantando el Summer Nights, soñamos con un cine al aire libre, utilizamos el "tell me more, tell me more" al querer saber más sobre algo, nos ponemos en posición cuando suena Greased Lightning (hasta el momento en el que Travolta se frota la entrepierna con un plástico) y sabemos quiénes componen las Pink Ladies: Frenchy, Marthy, Rizzo, Jan y (más tarde) Sandy.
Yo conozco a esas cinco chicas de las que habla el musical. Realmente, la última en llegar fue Rizzo a través de Marthy y fue la que bautizó al grupo. Tal y como ocurre en la película, ella ya había tenido un affaire con Danny y fue lo que provocó que Sandy se convirtiera en la puritana que se enamoraba del malote y existiera ese "pique" entre ellas. Quien haya visto Grease, ya sabe cómo es cada personaje y qué es lo que ocurre con ellos durante el instituto. Lo que nadie sabe es que la historia continuó para aquellas cinco chicas y la vida les llevó por caminos muy dispares:
Frenchy hizo caso a Franky Avalon, abandonó la idea de ser peluquera y se matriculó en la universidad, donde se licenció como psicóloga. Terminó su relación con Doody, quien se trasladó a otro país y conoció a un cantante de ópera mucho mayor que ella.
Marthy probó con varias carreras y no finalizó ninguna. Actualmente, es cajera en un supermercado y sigue soñando con ser artista. Está soltera y mantiene la costumbre de fijarse en amores imposibles, rechazando a los hombres que muestran interés por ella. Está enamorada de un cómico toxicómano.
Rizzo compaginó sus estudios de magisterio con la vida de mamá. En la película celebra que "no le hicieran un bombo" a pesar de no utilizar preservativo; años más tarde, volvió a jugar con fuego y se quemó. Esta vez, no fue con Kenickie (que la dejó por otra chica); sino con un surfero al que se arrimó por despecho y hoy día sólo ejerce como padre de la criatura cuando le toca. Rizzo es profesora, madre y soltera.
Jan es ingeniera industrial y vive en otro país. Se casó, tuvo hijos y no se sabe mucho más de ella.
Sandy trabaja como tele-operadora en un centro de información. Rompió su relación con Danny Zuko porque se les rompió el amor de tanto usarlo, mantuvo otras dos relaciones largas y, hace poco, finalizó la última. Continúa tan enamoradiza como antes y no desiste en la búsqueda del amor verdadero.
Hace poco, Frenchy reunió a sus compañeras del instituto para darles una gran noticia: se casaba. Ninguna demostró especial alegría exceptuando Marthy, que la exteriorizó con un grito y dando breves palmas.
-Pero, ¿estamos invitadas? -preguntó Rizzo extrañada.
-Sí, claro, por eso os he reunido.
Jan realizó mil preguntas sobre cómo se conocieron, cómo fue la petición, cómo sería la ceremonia; Sandy apenas se manifestaba y sólo sonreía melancólicamente; Rizzo se dedicó a cuestionar a su futuro marido y Marthy se quiso informar del look de la novia y de los invitados asistentes.
Fue a los cinco meses de esto cuando se celebró la boda. Resultó una celebración sobria, donde no faltaron los cánticos de escolanía, las pamelas y los colores tono pastel. Frenchie llevaba un vestido clásico y sencillo. Estaba guapa, pero demasiado seria para la ocasión, algo que comentaron en reiteradas ocasiones sus amigas de adolescencia.
-¡Menudo rollo de boda! Todos tan estirados...-se quejó Rizzo antes de dar un sorbo a la copa de champán que sujetaba -Ya que hoy tengo día libre de niña, por lo menos me voy a emborrachar.
-Frenchie está irreconocible. -dijo Marthy arrastrando las erres, afectada ya por el alcohol- ¿De verdad os imaginabais que la boda de nuestra amiga sería así? ¿Que se casaría con un viejo, gordo?
-Si ella está feliz... -agregó Jan.
-Ella no está feliz -sentenció Sandy.
Todas centraron la atención en Sandy, quien miraba fijamente desde su asiento a Frenchie, ajena a la conversación de éstas. Continuó hablando:
-El día que nos dijo que se casaba, todas os marchasteis menos yo. Ella me preguntó por cómo estaba yo y después de contarle lo de mi ruptura, llegó su turno.
Respiró hondo, tragó saliva, las miró una a una y dijo:
-Sigue enamorada de Doody.
No hizo falta decir nada más. Todas habían sido testigo de aquella historia: de su nacimiento, de su crecimiento, decadencia y final. No conocieron a ninguna otra pareja de Frenchie hasta el día de su boda con otro. Para ellas, Doody había sido el único en su vida y ahora sabían que para ella también lo era, como también que sería imposible una reconciliación. El muchacho vivía lejos y había creado una familia.
Hacía años que las cinco no compartían vivencias, pero las unían miles de recuerdos. Cada una de ellas creó su personalidad a la vez y vivieron experiencias que hicieron que ahora fuesen tal y como eran. Aquella confesión las remontó a aquel tiempo donde cantaban aquello de "We go together" y, en silencio, se prometieron guardar el secreto.
Frenchie apareció como por sorpresa en la mesa de sus compañeras y éstas, como si se hubiesen leído la mente, la agarraron y la sacaron a la pista. Cantaron, bebieron, rieron, bailaron...bailaron como si nadie las estuviera viendo, al margen de la pantomima montada alrededor. Por unas horas, volvieron a ser las Pink Ladies que cantaban en un musical canciones de película. Ya no mascaban chicles rosas, ni se peleaban por ser la reina del baile. Aquella tarde, ninguna fumó por primera vez, ni tuvo que dar explicaciones por llegar tarde a casa.
Frenchie pasó la noche de boda en un hotel con su reciente marido al que jamás podrá amar como a su primer novio; Marthy recibió una llamada de madrugada proveniente de casa del cómico donde se lo encontró de postfiesta sangrando por la nariz; Rizzo volvió a casa a dormir para pasar el día después decentemente junto a su hija; Jan cogió un avión para juntarse con su familia y Sandy lloró la marcha de su ex novio abrazada a la almohada.
Al día siguiente, todas amanecieron con un mensaje de Frenchie: "Gracias, Pink Ladies". Sólo Rizzo contestó: "Por los viejos tiempos,
vaselina!".
Yo conozco a esas cinco chicas de las que habla el musical. Realmente, la última en llegar fue Rizzo a través de Marthy y fue la que bautizó al grupo. Tal y como ocurre en la película, ella ya había tenido un affaire con Danny y fue lo que provocó que Sandy se convirtiera en la puritana que se enamoraba del malote y existiera ese "pique" entre ellas. Quien haya visto Grease, ya sabe cómo es cada personaje y qué es lo que ocurre con ellos durante el instituto. Lo que nadie sabe es que la historia continuó para aquellas cinco chicas y la vida les llevó por caminos muy dispares:
Frenchy hizo caso a Franky Avalon, abandonó la idea de ser peluquera y se matriculó en la universidad, donde se licenció como psicóloga. Terminó su relación con Doody, quien se trasladó a otro país y conoció a un cantante de ópera mucho mayor que ella.
Marthy probó con varias carreras y no finalizó ninguna. Actualmente, es cajera en un supermercado y sigue soñando con ser artista. Está soltera y mantiene la costumbre de fijarse en amores imposibles, rechazando a los hombres que muestran interés por ella. Está enamorada de un cómico toxicómano.
Rizzo compaginó sus estudios de magisterio con la vida de mamá. En la película celebra que "no le hicieran un bombo" a pesar de no utilizar preservativo; años más tarde, volvió a jugar con fuego y se quemó. Esta vez, no fue con Kenickie (que la dejó por otra chica); sino con un surfero al que se arrimó por despecho y hoy día sólo ejerce como padre de la criatura cuando le toca. Rizzo es profesora, madre y soltera.
Jan es ingeniera industrial y vive en otro país. Se casó, tuvo hijos y no se sabe mucho más de ella.
Sandy trabaja como tele-operadora en un centro de información. Rompió su relación con Danny Zuko porque se les rompió el amor de tanto usarlo, mantuvo otras dos relaciones largas y, hace poco, finalizó la última. Continúa tan enamoradiza como antes y no desiste en la búsqueda del amor verdadero.
Hace poco, Frenchy reunió a sus compañeras del instituto para darles una gran noticia: se casaba. Ninguna demostró especial alegría exceptuando Marthy, que la exteriorizó con un grito y dando breves palmas.
-Pero, ¿estamos invitadas? -preguntó Rizzo extrañada.
-Sí, claro, por eso os he reunido.
Jan realizó mil preguntas sobre cómo se conocieron, cómo fue la petición, cómo sería la ceremonia; Sandy apenas se manifestaba y sólo sonreía melancólicamente; Rizzo se dedicó a cuestionar a su futuro marido y Marthy se quiso informar del look de la novia y de los invitados asistentes.
Fue a los cinco meses de esto cuando se celebró la boda. Resultó una celebración sobria, donde no faltaron los cánticos de escolanía, las pamelas y los colores tono pastel. Frenchie llevaba un vestido clásico y sencillo. Estaba guapa, pero demasiado seria para la ocasión, algo que comentaron en reiteradas ocasiones sus amigas de adolescencia.
-¡Menudo rollo de boda! Todos tan estirados...-se quejó Rizzo antes de dar un sorbo a la copa de champán que sujetaba -Ya que hoy tengo día libre de niña, por lo menos me voy a emborrachar.
-Frenchie está irreconocible. -dijo Marthy arrastrando las erres, afectada ya por el alcohol- ¿De verdad os imaginabais que la boda de nuestra amiga sería así? ¿Que se casaría con un viejo, gordo?
-Si ella está feliz... -agregó Jan.
-Ella no está feliz -sentenció Sandy.
Todas centraron la atención en Sandy, quien miraba fijamente desde su asiento a Frenchie, ajena a la conversación de éstas. Continuó hablando:
-El día que nos dijo que se casaba, todas os marchasteis menos yo. Ella me preguntó por cómo estaba yo y después de contarle lo de mi ruptura, llegó su turno.
Respiró hondo, tragó saliva, las miró una a una y dijo:
-Sigue enamorada de Doody.
No hizo falta decir nada más. Todas habían sido testigo de aquella historia: de su nacimiento, de su crecimiento, decadencia y final. No conocieron a ninguna otra pareja de Frenchie hasta el día de su boda con otro. Para ellas, Doody había sido el único en su vida y ahora sabían que para ella también lo era, como también que sería imposible una reconciliación. El muchacho vivía lejos y había creado una familia.
Hacía años que las cinco no compartían vivencias, pero las unían miles de recuerdos. Cada una de ellas creó su personalidad a la vez y vivieron experiencias que hicieron que ahora fuesen tal y como eran. Aquella confesión las remontó a aquel tiempo donde cantaban aquello de "We go together" y, en silencio, se prometieron guardar el secreto.
Frenchie apareció como por sorpresa en la mesa de sus compañeras y éstas, como si se hubiesen leído la mente, la agarraron y la sacaron a la pista. Cantaron, bebieron, rieron, bailaron...bailaron como si nadie las estuviera viendo, al margen de la pantomima montada alrededor. Por unas horas, volvieron a ser las Pink Ladies que cantaban en un musical canciones de película. Ya no mascaban chicles rosas, ni se peleaban por ser la reina del baile. Aquella tarde, ninguna fumó por primera vez, ni tuvo que dar explicaciones por llegar tarde a casa.
Frenchie pasó la noche de boda en un hotel con su reciente marido al que jamás podrá amar como a su primer novio; Marthy recibió una llamada de madrugada proveniente de casa del cómico donde se lo encontró de postfiesta sangrando por la nariz; Rizzo volvió a casa a dormir para pasar el día después decentemente junto a su hija; Jan cogió un avión para juntarse con su familia y Sandy lloró la marcha de su ex novio abrazada a la almohada.
Al día siguiente, todas amanecieron con un mensaje de Frenchie: "Gracias, Pink Ladies". Sólo Rizzo contestó: "Por los viejos tiempos,
vaselina!".
martes, 28 de mayo de 2013
La razón librando batallas
Caer, levantarme y temblar...
Tiritar de miedo cada vez que te vuelvo a ver. No es que seas tú quien me provoca temor, sino lo que tu presencia provoca que sienta este débil corazón. Débil ante tu voz, tus ojos, tu aroma, tu recuerdo...desde que, en algún momento, tropecé y me di de morros contra el suelo. Entonces fue cuando me di cuenta de que no lo podía controlar todo; de que era incapaz de amortiguar el golpe; de que en vez de levantarme dignamente como era tan propio de mí, en esta ocasión necesité tiempo de lágrimas mientras permanecía tirada y, esto último, sólo saberlo yo. Fingía que estaba bien frente a ti para después soltar la muleta bautizada como Orgullo y arrojarme al suelo a patalear, cuando ya nadie podía verme.
Es díficil arrancarse a alguien del corazón cuando no quieres que se vaya. Imposible. Y aun sabiendo que es lo más sano y la operación más recomendada para dejar de sufrir y mantenerme en pie, firme sin ningún tipo de "ayuda", continúo deseando que te sigas cobijando aquí, en mí. Por eso tiemblo, a pesar del tiempo, al volver a verte. No llego a besar el suelo porque aprendí a frenar el impacto, pero es inevitable que mis piernas se tambaleen con cada encuentro, que es como una patada en el estómago, un "lo mejor es que seamos amigos" resonando en mi memoria. Me meto en el papel de mujer feliz que ha aceptado la sentencia gratamente y me muestro fuerte, incluso ingeniosa, ante tus no menos astutos comentarios. Eso siempre se nos dio bien, bromear. Cada frase, cada ironía compartida me recuerda lo bien que nos llevábamos y me es imposible dejar escapar algún gesto de melancolía. Volver a verte es una tortura. Es volver a darme cuenta de lo mucho que te echo de menos. Es volver a contagiarnos la risa con la mirada. Es sonrojarnos al hablar de viejos tiempos e incluso buscar el conversar sobre ellos, frívolamente, pero con el alma encendida. Volver a verte es una dulce tortura, una inmensa contradicción.
¿Cómo poder arrancarse a alguien del corazón si no ha habido decepción, si no hay motivos más que ambos sientan diferente?
Alardeas de ser un espíritu libre que quiere volar, probar, vivir, no herir...que no es nuestro momento y que puede que lo sea en un futuro...No tengo nada que achacarte, nada que reprocharte, nada por lo que odiarte...siempre fuiste claro conmigo. Tanto que duele, tanto que caí, tanto que (posiblemente en vano) te espero...
Ya no hay nada más que decir. Sin embargo, me encantaría plantarme frente a ti ahora mismo y mirarte a los ojos durante dos minutos (ni más ni menos). Seguro que me entraría la risa, pero seguiría fijando mi mirada en la tuya para decirte que soy buena persona y para pedirte que te cuidaras, que estoy aquí...SIEMPRE! Darte un abrazo y confesarte que nunca he querido tanto, sonreírte y cantar contigo nuestra canción...Transmitirte mi amor, mi cariño y hacerte saber que eres grande por lo que eres, no por lo que tienes...Decirte "hasta siempre" y morder tu nariz.
Tiritar de miedo cada vez que te vuelvo a ver. No es que seas tú quien me provoca temor, sino lo que tu presencia provoca que sienta este débil corazón. Débil ante tu voz, tus ojos, tu aroma, tu recuerdo...desde que, en algún momento, tropecé y me di de morros contra el suelo. Entonces fue cuando me di cuenta de que no lo podía controlar todo; de que era incapaz de amortiguar el golpe; de que en vez de levantarme dignamente como era tan propio de mí, en esta ocasión necesité tiempo de lágrimas mientras permanecía tirada y, esto último, sólo saberlo yo. Fingía que estaba bien frente a ti para después soltar la muleta bautizada como Orgullo y arrojarme al suelo a patalear, cuando ya nadie podía verme.
Es díficil arrancarse a alguien del corazón cuando no quieres que se vaya. Imposible. Y aun sabiendo que es lo más sano y la operación más recomendada para dejar de sufrir y mantenerme en pie, firme sin ningún tipo de "ayuda", continúo deseando que te sigas cobijando aquí, en mí. Por eso tiemblo, a pesar del tiempo, al volver a verte. No llego a besar el suelo porque aprendí a frenar el impacto, pero es inevitable que mis piernas se tambaleen con cada encuentro, que es como una patada en el estómago, un "lo mejor es que seamos amigos" resonando en mi memoria. Me meto en el papel de mujer feliz que ha aceptado la sentencia gratamente y me muestro fuerte, incluso ingeniosa, ante tus no menos astutos comentarios. Eso siempre se nos dio bien, bromear. Cada frase, cada ironía compartida me recuerda lo bien que nos llevábamos y me es imposible dejar escapar algún gesto de melancolía. Volver a verte es una tortura. Es volver a darme cuenta de lo mucho que te echo de menos. Es volver a contagiarnos la risa con la mirada. Es sonrojarnos al hablar de viejos tiempos e incluso buscar el conversar sobre ellos, frívolamente, pero con el alma encendida. Volver a verte es una dulce tortura, una inmensa contradicción.
¿Cómo poder arrancarse a alguien del corazón si no ha habido decepción, si no hay motivos más que ambos sientan diferente?
Alardeas de ser un espíritu libre que quiere volar, probar, vivir, no herir...que no es nuestro momento y que puede que lo sea en un futuro...No tengo nada que achacarte, nada que reprocharte, nada por lo que odiarte...siempre fuiste claro conmigo. Tanto que duele, tanto que caí, tanto que (posiblemente en vano) te espero...
Ya no hay nada más que decir. Sin embargo, me encantaría plantarme frente a ti ahora mismo y mirarte a los ojos durante dos minutos (ni más ni menos). Seguro que me entraría la risa, pero seguiría fijando mi mirada en la tuya para decirte que soy buena persona y para pedirte que te cuidaras, que estoy aquí...SIEMPRE! Darte un abrazo y confesarte que nunca he querido tanto, sonreírte y cantar contigo nuestra canción...Transmitirte mi amor, mi cariño y hacerte saber que eres grande por lo que eres, no por lo que tienes...Decirte "hasta siempre" y morder tu nariz.
lunes, 20 de mayo de 2013
A 22 minutos del futuro...
Cuando por fin llegué a la
estación, lo primero en lo que fijé la mirada fue en el reloj que colgaba de la
pared, junto a la taquilla. Eran las 18:08, aún quedaba tiempo para que saliera
el tren que me dirigiría lejos de Irún. En 22 minutos me daba tiempo a comprar
el billete de ida, el de vuelta, fumarme un cigarrillo, arrepentirme de mi
marcha, maldecir aquella gris ciudad testigo de tanto dolor, relativizar la
pena y plantearme la huida, llamarlo para despedirme en condiciones, para
llorarle, para pedirle que me viniera a buscar…Simplemente, me apresuré a
adquirir el billete de ida y, al escuchar al vendedor de tikets preguntar
“¿Vuelta?”, contesté impulsivamente que no. Me negué a meditar la respuesta,
debía mantener la mente fría y disponerme a hacer lo que había decidido horas
antes. Me senté en el andén y esperé a que llegara: el tren o, quizá, él.
Encendí un pitillo y, tras
dos caladas y el recuerdo de su voz diciendo que le encantaba observar cómo
expulsaba el humo, lo tiré al suelo movida por una sensación entre rabia y
tristeza. Dejar atrás todo lo vivido era lo más adecuado, cortar por lo sano
con aquello que me recordara a él. No volvería a fumar; ni a escuchar a Los
Rolling; ni siquiera a comer el trocito de pan al que me acostumbré a ingerir
después del yogur, tal y como hacía Juan. Pero sobretodo, jamás repasaría
internamente las palabras que me empujaron a abandonar esta tierra: “No voy a
luchar por que te quedes. Si quieres, te vas”. Yo no quería, pero tenía que
hacer un gran esfuerzo para querer porque era lo que me convenía.
Tomé mi bolso
entre los brazos y lo abracé fuertemente, como si me aferrara así a un futuro
aún desconocido pero por el que ya había firmado. Llevaba un contrato en la
cartera que había estado días intacto hasta que elegí sellar mi nombre en él,
al percatarme de que probablemente me
recibiría un destino más paciente que Juan. Nunca supo esperar y sí hacerse de
rogar. Tal vez por eso, porque aprendí a no perder la esperanza con él, cada
cierto instante durante los 22 minutos, lo busqué inútilmente con la mirada
entre la multitud de la estación.
El tren se detuvo frente a
mí, cogí mis bártulos en otro ataque de dignidad y subí a él, con la cabeza
alta y fingiendo estar dispuesta a emprender un viaje a mi futuro con fortaleza.
Miré por última vez hacia la puerta de la estación y vislumbré un cartel que
decía “150 años de tren en Irún”. Me pregunté si, en el caso de retroceder en
el tiempo, habría hecho las cosas tal y como las hice en mi relación y suspiré
recordándome esta vez a mí misma diciéndole, en nuestra despedida, una de mis
frases favoritas: “Hasta de lo malo se aprende”.
miércoles, 24 de abril de 2013
Abril...
Que a nadie se le ocurra robarme el mes de Abril, que ningún ser ose arrebatarme la primavera. Tras el invierno, donde casi exijo la atención del prójimo para que esté pendiente de una servidora, necesito una tregua en la que soy yo quien me cuide a mí misma. Abril es para mí. Os regalo Marzo, Mayo y Junio, os los entrego con tal de que me dejéis disfrutar del cuarto mes del año. Yo, conmigo misma. Absorviendo los tímidos rayos de sol que anuncian sigilosamente su esplendor, empapándome con el sirimiri que se posa en profundos charcos donde se hunden mis katiuskas, contemplando la mar azul verdosa cuando me sobra el abrigo, aspirando el aroma del florecer, curtiendo mi blanca tez de un rosado tono, aliviando las heridas de la soledad del invierno con suaves soplos de viento, creyéndome fuerte y logrando energía para realizar lo que me gusta, lo que me activa, lo que me entretiene...
Yo sola, pero feliz, en Abril.
jueves, 4 de abril de 2013
Para Blancanieves...
Dicen que la actitud es importante ante situaciones críticas. Mantener la esperanza o, en algunos casos, negar la evidencia y aferrarse como a un clavo ardiendo al pensamiento de que todo saldrá bien es primordial para que el camino que sucede hasta el fin sea más ameno. Sea el fin bueno o malo. La positividad hace del recorrido un paseo más tranquilo y, donde hay tranquilidad, puede surgir la alegría. Alegría de vivir. Eso dicen...
-Me marcho mañana a León.-me dijo Blanca con la cabeza gacha, negándome la posibilidad de atisbar en su mirada la pena que contenía su voz.
-Pero ¿ha pasado algo o simplemente vas de visita?
-Me voy para quedarme, Felipe me necesita.
-Blanca, ¿qué pasa? Me estás asustando...
Levantó la vista, me miró fijamente y vi su rostro demacrado, sus ojos hinchados y la tristeza apoderando el rostro de mi amiga.
-Tiene un tumor maligno. Estuve la semana pasada allí con él, no os quise decir nada hasta no saber ciertamente lo que le pasaba. Le hicieron varias pruebas y en unos días empieza el tratamiento, su primera sesión de quimio.
Me asustó lo que estaba escuchando, me enrabieté con el universo, me invadió la impotencia, la preocupación, el dolor...Fui incapaz de reaccionar durante unos segundos, sumida en el remolino de sensaciones angustiosas que se instalaron en mis entrañas.
-Va a ser un proceso largo, unas ocho sesiones.- continuó explicándome- Supongo que lo que peor llevará será quedarse calvo...
Sonrió melancólicamente imaginando a su pareja en esa situación.
-Estará guapo incluso calvo, él es guapo.
Asentí, impresionada ante su entereza.
-Me hicieron firmar una historia para guardar sus espermatozoides antes de la quimio, porque debe ser que puede provocar esterilidad. Así podremos tener niños a pesar de esto, en un futuro.
En aquel instante, rompí a llorar. Tenía frente a mí una mujer que, desde hacía años, soñaba con casarse y tener hijos lo antes posible con un hombre que ahora se presentaba ante un futuro incierto. Cuántas veces habíamos ideado una despedida de soltera en Ibiza, una boda en León y unos churumbeles...con Felipe. Respiré hondo e intenté tranquilizarme porque, en el fondo, me avergonzaba haberme derrumbado. Yo no tenía derecho a actuar así, teniendo en cuenta que él lo era todo para Blanca: su ilusión, su plan de futuro, su compañero diario, el amor...la alegría de vivir. Yo no tenía derecho a llorar ni siquiera por compasión.
Me agarró la mano fuertemente y susurró sin borrar aquella sonrisa que me desconcertaba completamente:
-Todo saldrá bien.
Durante este tiempo, me comuniqué diariamente con Blanca para saber cómo evolucionaba el estado de Felipe. Siempre contestaba con un "bien bien" o con alguna broma del tipo "entre que está calvo e hinchado, parece una bola de billar que va a salir rodando, ya le digo que no se me escape". Era admirable su actitud y me alegraba de que mantuviera ese sentido del humor que siempre la caracterizó, pero me preocupaba que lo utilizara como un disfraz para encubrir su temor y que no se desahogara con nadie por no crear alarma, no ser la víctima o porque se viera con la obligación de ser la pieza fuerte en esta historia. Todos creíamos que era una suerte que Felipe contara con una persona como Blanca, ella sabía cómo sacarle a flote, sabía tirar de él, arrancarle una sonrisa, ser su mejor enfermera y su mejor apoyo.
Tras un año, Blanca volvió de León. Todo había pasado ya. En cuanto la vi, la abracé con todas mis ganas. Habían ganado una dura batalla y necesitaba transmitirle todo el amor que la distancia impidió que hiciera en carne y hueso. Noté temblar su cuerpo y percibí unos leves sollozos junto a mi oreja. La aparté de mí sin soltar sus brazos.
-¿Por qué lloras? ¿De felicidad?
Ella negó con la cabeza, cogió aire profundamente, tragó saliva, lo expulsó y contestó:
-Lloro por todo este tiempo: lloro por los silencios cargados de tensión, por el terror que se manifestaba en cada pesadilla, por las veces que he respirado hondo para tranquilizarme, por las noches velando por su vida, por cada rezo interno, por el olor a hospital, por cada pelea movida por la desesperación, por la ignorancia del sentimiento de un enfermo, por querer y no poder, por el sonido de los vómitos, nuestras manos temblorosas unidas, su cabeza sin pelo, su sonrisa ante la adversidad, la mía...lloro de cansancio. Estoy tan cansada que el agotamiento pesa más que la alegría.
-Llora todo lo que necesites, Blanca. En cuanto dejes de llorar, volverás a ser feliz porque te darás cuenta de que, al fin, todo ha salido bien.
Blancanieves, te agarro la mano fuerte y te susurro que todo saldrá bien.
-Me marcho mañana a León.-me dijo Blanca con la cabeza gacha, negándome la posibilidad de atisbar en su mirada la pena que contenía su voz.
-Pero ¿ha pasado algo o simplemente vas de visita?
-Me voy para quedarme, Felipe me necesita.
-Blanca, ¿qué pasa? Me estás asustando...
Levantó la vista, me miró fijamente y vi su rostro demacrado, sus ojos hinchados y la tristeza apoderando el rostro de mi amiga.
-Tiene un tumor maligno. Estuve la semana pasada allí con él, no os quise decir nada hasta no saber ciertamente lo que le pasaba. Le hicieron varias pruebas y en unos días empieza el tratamiento, su primera sesión de quimio.
Me asustó lo que estaba escuchando, me enrabieté con el universo, me invadió la impotencia, la preocupación, el dolor...Fui incapaz de reaccionar durante unos segundos, sumida en el remolino de sensaciones angustiosas que se instalaron en mis entrañas.
-Va a ser un proceso largo, unas ocho sesiones.- continuó explicándome- Supongo que lo que peor llevará será quedarse calvo...
Sonrió melancólicamente imaginando a su pareja en esa situación.
-Estará guapo incluso calvo, él es guapo.
Asentí, impresionada ante su entereza.
-Me hicieron firmar una historia para guardar sus espermatozoides antes de la quimio, porque debe ser que puede provocar esterilidad. Así podremos tener niños a pesar de esto, en un futuro.
En aquel instante, rompí a llorar. Tenía frente a mí una mujer que, desde hacía años, soñaba con casarse y tener hijos lo antes posible con un hombre que ahora se presentaba ante un futuro incierto. Cuántas veces habíamos ideado una despedida de soltera en Ibiza, una boda en León y unos churumbeles...con Felipe. Respiré hondo e intenté tranquilizarme porque, en el fondo, me avergonzaba haberme derrumbado. Yo no tenía derecho a actuar así, teniendo en cuenta que él lo era todo para Blanca: su ilusión, su plan de futuro, su compañero diario, el amor...la alegría de vivir. Yo no tenía derecho a llorar ni siquiera por compasión.
Me agarró la mano fuertemente y susurró sin borrar aquella sonrisa que me desconcertaba completamente:
-Todo saldrá bien.
Durante este tiempo, me comuniqué diariamente con Blanca para saber cómo evolucionaba el estado de Felipe. Siempre contestaba con un "bien bien" o con alguna broma del tipo "entre que está calvo e hinchado, parece una bola de billar que va a salir rodando, ya le digo que no se me escape". Era admirable su actitud y me alegraba de que mantuviera ese sentido del humor que siempre la caracterizó, pero me preocupaba que lo utilizara como un disfraz para encubrir su temor y que no se desahogara con nadie por no crear alarma, no ser la víctima o porque se viera con la obligación de ser la pieza fuerte en esta historia. Todos creíamos que era una suerte que Felipe contara con una persona como Blanca, ella sabía cómo sacarle a flote, sabía tirar de él, arrancarle una sonrisa, ser su mejor enfermera y su mejor apoyo.
Tras un año, Blanca volvió de León. Todo había pasado ya. En cuanto la vi, la abracé con todas mis ganas. Habían ganado una dura batalla y necesitaba transmitirle todo el amor que la distancia impidió que hiciera en carne y hueso. Noté temblar su cuerpo y percibí unos leves sollozos junto a mi oreja. La aparté de mí sin soltar sus brazos.
-¿Por qué lloras? ¿De felicidad?
Ella negó con la cabeza, cogió aire profundamente, tragó saliva, lo expulsó y contestó:
-Lloro por todo este tiempo: lloro por los silencios cargados de tensión, por el terror que se manifestaba en cada pesadilla, por las veces que he respirado hondo para tranquilizarme, por las noches velando por su vida, por cada rezo interno, por el olor a hospital, por cada pelea movida por la desesperación, por la ignorancia del sentimiento de un enfermo, por querer y no poder, por el sonido de los vómitos, nuestras manos temblorosas unidas, su cabeza sin pelo, su sonrisa ante la adversidad, la mía...lloro de cansancio. Estoy tan cansada que el agotamiento pesa más que la alegría.
-Llora todo lo que necesites, Blanca. En cuanto dejes de llorar, volverás a ser feliz porque te darás cuenta de que, al fin, todo ha salido bien.
Blancanieves, te agarro la mano fuerte y te susurro que todo saldrá bien.
jueves, 14 de marzo de 2013
Baila conmigo este valls
-¿Me perdonas?
-Ha pasado mucho tiempo ya.
-¿Y me llegaste a perdonar?
-Realmente nunca llegué a estar enfadada contigo, ¿te acuerdas cómo decías que el que se enfada tiene dos problemas: enfadarse y desenfadarse?
-Sí, jaja, pero es difícil llevarlo a la práctica.
-Yo aprendí, aprendí muchísimo gracias a aquello. Puede ser que por eso no te pudiera guardar ningún rencor.
-Me alegra saber que fui un buen maestro por lo menos.
-Fui autodidacta, tú eras...como el curso que tenía que superar, con asignaturas que me gustaban y otras que odiaba.
-Y lo superaste tras repetir varios años, ¿no?
-Mmmmm...no, me echaron del colegio tras repetir varios años.
-Joder Natalia...
-Me gustaría decir que lo dejé o que cambié a otro, pero en realidad, fuiste tú quien me dejó.
-Sí...hace mucho tiempo de eso.
-Por eso, ya da igual.
-Baila conmigo este valls.
-¿Qué? ¿Bailar?
-¿Qué mejor manera de hacer las paces?
-Que no estoy enfadada.
-Bueno, pero ¿quieres bailar?
-Venga, vale.
Tras evitar el contacto con los ojos durante unos segundos en los que se intentaban situar en el roll de bailarines sin querer mostrar ese nerviosismo que les paralizaba, sus miradas esquivas se toparon en un momento y soltaron una carcajada que delató su compenetración en las emociones que experimentaban.
Bailaron torpemente al principio, con el pasado encadenado a sus tobillos y la tensión provocada por el recuerdo surcando de los poros de sus manos, que se posaban en un cuerpo conocido y extraño a su vez.
A medida que iban surgiendo los pasos, ambos se unieron en un mismo ritmo y giraron y giraron, celebrando aquel primer baile. Diferente a todos los que pudieron compartir anteriormente, distintos los sentimientos a hace unos cuantos años...cero rencores con los que cargar, ningún reproche que valga ya, ni pasión encendida que acaba en llanto, ni desaires, ni silencios que quieran gritar desesperación...un primer baile para dos nuevas almas.
Por las heridas sanadas, por el recuerdo de lo bonito, por la piel que se eriza ante un gesto de ternura...por el tiempo que todo lo cura, por la paz interior, por el perdón, por poder mirarse a los ojos y sonreír...y sentir que todo pasó y que nos queda tanto por vivir...UN VALLS.
-¿Siempre haces las paces bailando un valls?
-No, pero a partir de hoy, creo que es una buena idea.
http://www.youtube.com/watch?v=XrMDnxMSBOM
-Ha pasado mucho tiempo ya.
-¿Y me llegaste a perdonar?
-Realmente nunca llegué a estar enfadada contigo, ¿te acuerdas cómo decías que el que se enfada tiene dos problemas: enfadarse y desenfadarse?
-Sí, jaja, pero es difícil llevarlo a la práctica.
-Yo aprendí, aprendí muchísimo gracias a aquello. Puede ser que por eso no te pudiera guardar ningún rencor.
-Me alegra saber que fui un buen maestro por lo menos.
-Fui autodidacta, tú eras...como el curso que tenía que superar, con asignaturas que me gustaban y otras que odiaba.
-Y lo superaste tras repetir varios años, ¿no?
-Mmmmm...no, me echaron del colegio tras repetir varios años.
-Joder Natalia...
-Me gustaría decir que lo dejé o que cambié a otro, pero en realidad, fuiste tú quien me dejó.
-Sí...hace mucho tiempo de eso.
-Por eso, ya da igual.
-Baila conmigo este valls.
-¿Qué? ¿Bailar?
-¿Qué mejor manera de hacer las paces?
-Que no estoy enfadada.
-Bueno, pero ¿quieres bailar?
-Venga, vale.
Tras evitar el contacto con los ojos durante unos segundos en los que se intentaban situar en el roll de bailarines sin querer mostrar ese nerviosismo que les paralizaba, sus miradas esquivas se toparon en un momento y soltaron una carcajada que delató su compenetración en las emociones que experimentaban.
Bailaron torpemente al principio, con el pasado encadenado a sus tobillos y la tensión provocada por el recuerdo surcando de los poros de sus manos, que se posaban en un cuerpo conocido y extraño a su vez.
A medida que iban surgiendo los pasos, ambos se unieron en un mismo ritmo y giraron y giraron, celebrando aquel primer baile. Diferente a todos los que pudieron compartir anteriormente, distintos los sentimientos a hace unos cuantos años...cero rencores con los que cargar, ningún reproche que valga ya, ni pasión encendida que acaba en llanto, ni desaires, ni silencios que quieran gritar desesperación...un primer baile para dos nuevas almas.
Por las heridas sanadas, por el recuerdo de lo bonito, por la piel que se eriza ante un gesto de ternura...por el tiempo que todo lo cura, por la paz interior, por el perdón, por poder mirarse a los ojos y sonreír...y sentir que todo pasó y que nos queda tanto por vivir...UN VALLS.
-¿Siempre haces las paces bailando un valls?
-No, pero a partir de hoy, creo que es una buena idea.
http://www.youtube.com/watch?v=XrMDnxMSBOM
jueves, 7 de marzo de 2013
Adiós, Amante Bandido
Mariola ansiaba que llegara este momento desde hacía mucho tiempo. En multitud de ocasiones, desechó la idea de proponerlo por temor a la respuesta. No soportaba que Gonzalo se lo negara y ya había rechazado anteriormente la invitación. Tres negativas y ella se rindió. El mero hecho de recordar cómo sonaba el "NO" rotundo y seco de Gonzalo por el auricular, la hería profundamente, dañaba su orgullo. Tras colgar el teléfono, soltaba un "pero éste, ¿quién se ha creído que es?" seguido de diversos insultos hacia quien ya no la escuchaba y ni siquiera eso la hacía sentirse mejor. Lo único que conseguía que su amor propio pisoteado asomara la patita era que, tras aquello y tiempo después, él mostrase interés por estar con ella, cosa que hacía frecuentemente a través de alguna llamada que acababa en encuentro entre las sábanas de su habitación. No siempre había sexo, ni era decisión de Gonzalo verse o no; pero sí lo era el escenario. Mariola necesitaba charla en un bar y él lo rechazaba; sin embargo, si la conversación sucedía en una cama y con dos copas de más, ambos accedían la mayoría de las veces. Ella definía la actitud de su amante como cobarde, él no contradecía su opinión.
Hacía tres meses desde la última vez que estuvieron juntos. Aquella noche fue realmente especial para Mariola: rieron, bebieron, charlaron, lloraron, se besaron, se abrazaron...tenía la sensación de que, a partir de aquello, todo iba a cambiar. No se equivocó, únicamente erró en no imaginar que se trataba de una despedida.
Durante este tiempo de ausencia, no supo nada de Gonzalo, ni siquiera contestaba a sus mensajes. Mariola vivía en un mar de incertidumbre, desconocía qué ocurría, la razón por la cual él había cortado todo tipo de contacto. En los tres años de relación, jamás se había comportado así, negándole incluso la palabra...A ella le dolía más el no saber el porqué de semejante actitud que la decisión de terminar con su historia. No era la primera vez que Gonzalo daba el paso de alejarse de ella (para después volver), pero nunca antes se había cerrado tan en banda como para incluso ignorarla de esa manera. Mariola necesitaba una respuesta, pero su ego le impedía volver a intentar llamarlo para recibir la respuesta más temida: no ya el "NO" conocido, sino el silencio conocido también, pero más reciente y puñetero. De todas formas, también su orgullo le hacía entender que se merecía una explicación, que ella no era cualquiera que se conforma con el adiós sin motivo alguno y lo acepta, que no podía recibir una patada y callarse. En realidad, no sabía qué hacer. Le aconsejaban que lo ignorase, que no le diera más bola, que lo mejor era olvidarlo, que él no viese que le importaba...¿y vivir con la duda? ¿con mil dudas? ¿cruzarse con él por la calle y ni siquiera poder mirarlo porque él así lo ha decidido y no saber por qué? ¿tratar como un desconocido al hombre que más quiso? ¿pensar que podría ser una molestia para él y que por esa razón la ignoraba? ¿o creer que hizo algo mal? ¿o especular con que el miedo a comprometerse tan presente en su vida es lo que le empujó otra vez a huir? Mariola no podía convivir con ello. Tarde o temprano se encontrarían por casualidad y no soportaba idear mirarle a los ojos y tal vez descubrir algo desagradable. No estaba preparada para recibir el rechazo en persona. "Ésta es la última vez que lo hago" se dijo a sí misma. No se hallaba en condiciones de escuchar su voz, así que le envió un mensaje: "Tenemos que hablar ¿quedamos esta tarde?". Gonzalo respondió nada más leerlo: "Sí, a las 8 salgo de currar". Mariola sentía el corazón en la garganta, latiendo con tal intensidad que se vio capaz de vomitarlo. Había aceptado por primera vez en tres años a hablar en un lugar ajeno a su habitación, sobriamente, a la luz del sol.
El encuentro fue frío, Gonzalo evitaba topar su mirada con la de ella y se le percibía inquieto. Parco en palabras y serio, muy serio.
-¿Vamos a tomar algo?
-No, tengo cosas que hacer, tengo un poco de prisa.-contestó él- ¿De qué quieres hablar?
La situación era de lo más tensa e incómoda, él no estaba en predisposición de ser cordial, daba la impresión de que le estaba haciendo un favor a Mariola habiendo quedado con ella y ésta pasó de sentir pena a rabia e impotencia.
-¿Qué leches te pasa? Vale que ya no quieras seguir conmigo, vale que tu cobardía disfrazada de "no quiero compromisos, soy un golfo" te impida tener algo más conmigo, vale que probablemente no te guste lo suficiente como para querer seguir con esto...puedes elegir terminar, pero no puedes tratarme mal.
-Yo no te trato mal.
-No me tratas bien. Eres un maleducado y yo no te he hecho nada para que me hagas esto.
-Ya, lo siento.
-¿Sabes qué? Me voy, estoy enfadada.
Se dio la vuelta y se marchó a pasos agigantados, casi corriendo, como dejando atrás el pasado al darse cuenta de que era lo mejor para ella. Lo que acababa de ocurrir era necesario para ver lo innecesario que era luchar por él. Gonzalo ni siquiera hizo el amago de retenerla, de cambiar su comportamiento, su perdón sonó forzado...Gonzalo no estaba arrepentido de haberle dado la espalda de esa manera a la que hasta hacía poco había sido más que una amiga.
Al subir al autobús, se sentó en el primer asiento que pudo distinguir, ya que las lágrimas la cegaban. Se percató en seguida de que no había producido aquella cita para escucharle a él, sino que para ser escuchada. Le sonó el teléfono, era Gonzalo. Le acababa de escribir un mensaje: "No quiero que te enfades conmigo". Ella cogió aire lentamente, lo expulsó y escribió: "Estoy enfadada conmigo misma, por haberme importado tanto un tío como tú".
Dedicado a los que aman como canta María Jiménez.
http://www.youtube.com/watch?v=AGQS_5Zlv2Y
Hacía tres meses desde la última vez que estuvieron juntos. Aquella noche fue realmente especial para Mariola: rieron, bebieron, charlaron, lloraron, se besaron, se abrazaron...tenía la sensación de que, a partir de aquello, todo iba a cambiar. No se equivocó, únicamente erró en no imaginar que se trataba de una despedida.
Durante este tiempo de ausencia, no supo nada de Gonzalo, ni siquiera contestaba a sus mensajes. Mariola vivía en un mar de incertidumbre, desconocía qué ocurría, la razón por la cual él había cortado todo tipo de contacto. En los tres años de relación, jamás se había comportado así, negándole incluso la palabra...A ella le dolía más el no saber el porqué de semejante actitud que la decisión de terminar con su historia. No era la primera vez que Gonzalo daba el paso de alejarse de ella (para después volver), pero nunca antes se había cerrado tan en banda como para incluso ignorarla de esa manera. Mariola necesitaba una respuesta, pero su ego le impedía volver a intentar llamarlo para recibir la respuesta más temida: no ya el "NO" conocido, sino el silencio conocido también, pero más reciente y puñetero. De todas formas, también su orgullo le hacía entender que se merecía una explicación, que ella no era cualquiera que se conforma con el adiós sin motivo alguno y lo acepta, que no podía recibir una patada y callarse. En realidad, no sabía qué hacer. Le aconsejaban que lo ignorase, que no le diera más bola, que lo mejor era olvidarlo, que él no viese que le importaba...¿y vivir con la duda? ¿con mil dudas? ¿cruzarse con él por la calle y ni siquiera poder mirarlo porque él así lo ha decidido y no saber por qué? ¿tratar como un desconocido al hombre que más quiso? ¿pensar que podría ser una molestia para él y que por esa razón la ignoraba? ¿o creer que hizo algo mal? ¿o especular con que el miedo a comprometerse tan presente en su vida es lo que le empujó otra vez a huir? Mariola no podía convivir con ello. Tarde o temprano se encontrarían por casualidad y no soportaba idear mirarle a los ojos y tal vez descubrir algo desagradable. No estaba preparada para recibir el rechazo en persona. "Ésta es la última vez que lo hago" se dijo a sí misma. No se hallaba en condiciones de escuchar su voz, así que le envió un mensaje: "Tenemos que hablar ¿quedamos esta tarde?". Gonzalo respondió nada más leerlo: "Sí, a las 8 salgo de currar". Mariola sentía el corazón en la garganta, latiendo con tal intensidad que se vio capaz de vomitarlo. Había aceptado por primera vez en tres años a hablar en un lugar ajeno a su habitación, sobriamente, a la luz del sol.
El encuentro fue frío, Gonzalo evitaba topar su mirada con la de ella y se le percibía inquieto. Parco en palabras y serio, muy serio.
-¿Vamos a tomar algo?
-No, tengo cosas que hacer, tengo un poco de prisa.-contestó él- ¿De qué quieres hablar?
La situación era de lo más tensa e incómoda, él no estaba en predisposición de ser cordial, daba la impresión de que le estaba haciendo un favor a Mariola habiendo quedado con ella y ésta pasó de sentir pena a rabia e impotencia.
-¿Qué leches te pasa? Vale que ya no quieras seguir conmigo, vale que tu cobardía disfrazada de "no quiero compromisos, soy un golfo" te impida tener algo más conmigo, vale que probablemente no te guste lo suficiente como para querer seguir con esto...puedes elegir terminar, pero no puedes tratarme mal.
-Yo no te trato mal.
-No me tratas bien. Eres un maleducado y yo no te he hecho nada para que me hagas esto.
-Ya, lo siento.
-¿Sabes qué? Me voy, estoy enfadada.
Se dio la vuelta y se marchó a pasos agigantados, casi corriendo, como dejando atrás el pasado al darse cuenta de que era lo mejor para ella. Lo que acababa de ocurrir era necesario para ver lo innecesario que era luchar por él. Gonzalo ni siquiera hizo el amago de retenerla, de cambiar su comportamiento, su perdón sonó forzado...Gonzalo no estaba arrepentido de haberle dado la espalda de esa manera a la que hasta hacía poco había sido más que una amiga.
Al subir al autobús, se sentó en el primer asiento que pudo distinguir, ya que las lágrimas la cegaban. Se percató en seguida de que no había producido aquella cita para escucharle a él, sino que para ser escuchada. Le sonó el teléfono, era Gonzalo. Le acababa de escribir un mensaje: "No quiero que te enfades conmigo". Ella cogió aire lentamente, lo expulsó y escribió: "Estoy enfadada conmigo misma, por haberme importado tanto un tío como tú".
http://www.youtube.com/watch?v=AGQS_5Zlv2Y
viernes, 8 de febrero de 2013
Retención memorística de un beso y una lágrima
Fui testigo de esta escena, perteneciente a "Tacones Lejanos", cuando rondaba los siete u ocho años. Mi tío era un cinéfilo empedernido y aún vivía en casa de mi abuela cuando aprovechaba algún momento en el que nadie atendiera la televisión para poner películas. Grandes éxitos del momento como Ben-Hur o Love Story en forma de cintas que no eran como mis VHS, sino que eran formatos más pequeños y los estuches donde se aguardaban eran granates, se apilaban en una estantería que nunca osé a cotillear hasta que mi tío se independizó. Una de esas tardes, me escapé de las bulliciosas historias de sobremesa en la cocina para acercarme sigilosamente al salón. Abrí la puerta delicadamente sin querer molestar y, al dirigir mi mirada a la pantalla, presencié a Marisa Paredes (en aquel momento, para mí sólo era una elegante señora vestida de verde y rojo) arrodillándose frente al público para besar el suelo del escenario en el que pocos segundos después iba a interpretar una preciosa melodía. Mi tío me miró algo molesto por haber interrumpido su sesión de cine, pero me hizo pasar (un gesto que agradezco enormemente, ya que me permitió conocer una de las escenas más bonitas que he podido ver a lo largo de mi vida cinematográfica). Me senté en el sofá y me encandilé observando a aquella mujer cantando entre lágrimas "Piensa en mí". Me impresionó su fuerza; el color de sus guantes, de su vestido, de sus zapatos; la largura de sus pendientes; su apariencia de diva herida...pero sobretodo, la belleza que me mostró la tele cuando una de sus lágrimas cayó junto al carmín que marcó el suelo al besarlo anteriormente. Me impactó tanto aquello que lo recuerdo con tal intensidad como puedo recordar al cura feo de "El nombre de la rosa" o la última escena del indio en "Algo voló sobre el nido del cuco" (films que vi a muy temprana edad, demasiado joven quizá). Sin embargo, esto era bonito, muy bonito...era realmente emocionante. Puede que fuese la primera vez que el cine me tocara la fibra sensible, puede que realmente Almodóvar sea un genio.
Retuve esta escena en mi memoria años y años, hasta que conseguí hacerme con el DVD de "Tacones lejanos" que regalaban (o vendían por unos eureles de más) con El País. La película me gustó, sin más. No me pareció ninguna maravilla (tal vez olvidé el resto hacía años por eso mismo), pero fue ver a Betty del Páramo otra vez dispuesta a cantar y se me erizó el vello. Tal y como la había mantenido entre mis recuerdos: elegante, de rojo y verde. Lo sorprendente fue escuchar las primeras notas de aquella melodía que hasta entonces no había relacionado con aquel momento...No me lo podía creer..."Piensa en mí" es mi canción favorita. Sin saberlo (o quizá sí inconscientemente), había declarado hacía tiempo este tema de Luz Casal como mi favorito. Es evidente que algún chip de mi mente se activó al descubrir esta canción más tarde y realizó una conexión con ese recuerdo visual tan bello. Continué admirando cómo aquella señora se desgarraba el alma mientras hacía su playback y me encontré hecha un mar de lágrimas antes de que una de las suyas se uniera al beso. Lloraba por bonito, por añoranza de un tiempo pasado, porque él no pensaba en mí, porque Marisa Paredes es una artista, por la pena de Betty del Páramo, porque estaba agradecida a la formación cinematográfica ofrecida por mi familia...
Creo que algún día, esto se lo contaré a mi tío. Seguro que le hago sonreír...
Me acabo de dar cuenta de una cosa y estoy todavía un poco impresionada...Ms Dinsmoor no tiene un aire a Betty en esta escena del teatro? Estoy marcada por el cine...
martes, 5 de febrero de 2013
Mamáááá, quiero ser artista!
A la típica pregunta que nos han realizado quinientas veces durante nuestra niñez "¿Qué quieres ser de mayor?", yo respondía de diferente manera según cómo me pillaran (camarera, profesora, cirujana...). Lo curioso era que lo que no variaba era el plus que añadía a mi contestación: ...y actriz, cantante y escritora (venía en pack). Según mis padres, podía hacerlo todo a la vez. Todavía hoy tengo serias dudas sobre si lo decían para hacerme callar o porque realmente creían que era capaz de ello, la confianza que siempre han tenido (y mantienen) en mí, no es normal. De hecho, estoy segura de que esto ha influido en mi carácter. Crecí pensando que tenía talento y no me cortaba un pelo a la hora de demostrarlo. En las comidas familiares a las que asistían padres, tíos, primos y abuelos, al llegar la hora del café, mandaba callar a todo el mundo para que me escucharan cantar o contar algún chiste. Pobre del que no me hiciera caso o me interrumpiera y no sólo porque aguantaría mi mal humor, sino que también la mirada asesina de mi madre (mira que mi madre es un trozo de pan, pero cuando se trata de defender a sus polluelos...miedito). Recuerdo los sábados por la noche, cuando nos reuníamos los cuatro de casa frente al televisor y enchufábamos algún programa de espectáculos donde salían todo tipo de folclóricas, MariCarmen y sus muñecos o Alejandro...Magno en aquel momento? ya pasó a ser Sanz? Oh, era mi momento favorito de la semana! Me levantaba como un relámpago a imitar a todos los artistas que iban desfilando por el hermoso plató lleno de focos, rodeado por cientos de personas que aplaudían, reían y cantaban, tal y como hacían mis padres al verme, mi público fiel.
Con el paso del tiempo, me convertí en una adolescente bastante más tímida que desarrollaba su vena artística dentro de las cuatro paredes de su habitación. Me encerraba horas y horas para escribir, cantar, bailar o simular ceremonias de los Óscar. La televisión era mi mejor compañía y me enseñaba películas alucinantes de las que soñaba ser protagonista, me mostraba un mundo lleno de Whitneys Houston, Olivias Newton John y Conchas Velasco cantando aquello de "Mamáááá, quiero ser artista!". Sí, yo también! Es más, si hubiesen existido aún las vedette, yo me lo pedía!
Sin embargo, creces y todos esos "pájaros en la cabeza" (madre mía, cuántas veces he escuchado esto!) emigran a otro nido al darte cuenta de que, en el Bachillerato, no te preparan para el arte y te tienes que conformar con participar en "La Casa de Bernarda Alba". Eso sí, papel principal porque yo lo valgo!
Los premios literarios (humildes, pero premios), las clases de clown y los gorgoritos en casa (fuera de ella si es con dos copas de más y, creedme, no se atina igual) se convierten en un plus, al fin y al cabo.
Vale, tal vez, mis padres tenían razón.
martes, 29 de enero de 2013
Verde que te quiero, verde
"La esperanza es una loca vestida de verde" escuché hace no mucho. No pude evitar acordarme de Ms Dinsmoor en "Grandes Esperanzas", mi película favorita.
La primera vez que vi este film, me hizo gracia el personaje: una vieja pirada que vive cada día cantando y bailando al son de "Bésame mucho" y que vive en una descuidada mansión (Paradiso Perduto) junto a una niña.
Sin embargo, me conmovió el hecho de que terminara así a raíz de ser abandonada por un hombre. Es por ello que enseña a aquella niña a hacer sufrir al sexo masculino, una especie de venganza hacia el que le dejó esperando en aquella casa junto al mar.
Ms Dinsmoor resulta entrañable y provoca cierta lástima en el espectador hasta el momento en el que aparece Finn, se enamora de la joven Stella y ésta pone en práctica lo aprendido. Entonces es cuando el público ve a la señora como una bruja, la culpable de que los protagonistas no estén juntos. Aun así, yo me declaro fan incondicional de esta despechada mujer. Ella amó y la hirieron, vivía sumida en el dolor por haber conocido el lado oscuro del amor y, probablemente, la experiencia le hizo entender que era preferible evitar enamorarse para no arriesgarse a sufrir. Con esa convicción amaestró a Stella y advirtió a Finn de ello, incluso excusó la actitud de la muchacha con su eterno pretendiente al verlo abatido por no lograr conseguirla ("Había una vez una niña a la que, desde que tuvo uso de razón, le enseñaron a temer. Le enseñaron a temer la luz del día, le enseñaron que era su enemiga, que le haría daño. Entonces, un día de sol, tú le pediste que saliera a jugar, pero ella se negó. No puedes enfadarte con ella"). ¿Se aprende a huir de los sentimientos? ¿Merece la pena anclarse en una historia pasada y cerrarte en banda porque aquello te hizo mal? ¿Por qué Ms Dinsmoor no huyó de aquel lugar y se mantuvo esperando hasta el final de sus días? Si hubiese regresado su hombre y hubiesen sido felices ¿olvidaría el dolor padecido y se sentiría culpable por su influencia en Stella?
Grandes esperanzas...¿Quién no ha mantenido alguna vez la esperanza de enamorarse y ser correspondido, tal y como ocurre con Finn? ¿de encontrar a una persona que abra nuestra mente y nos haga afrontar el miedo con valentía, como Stella? ¿de que lo que un día se marchó dejándonos heridos vuelva para reparar nuestro corazón, como Ms Disnmoor?
Es una magnífica película que nos adentra en una historia cargada de emoción y simbolismos. Algo muy característico es que los personajes, durante toda la película, visten de verde.
Oh, verde! El verde es mi color favorito. Verde esperanza, verde botella o verde limón.
Será por la película...será por "Moriría por vos", por "Ojos Verdes"...Yo es que soy muy coplera también. La última vez que canté a un hombre clavándole la mirada fue aquello de "pa mí ya no soles, luceros, ni luna...no hay más que unos ojos que mi vida soooon". Él, sonrió vergonzosamente y me susurró que me callara, que la gente nos estaba mirando. En ese momento, supe que ese muchacho de ojos verdes no era compatible conmigo. Bueno, no me di cuenta en ese momento, pero fue un detalle que hizo que me lo replanteara. El tiempo me dio la razón.
La esperanza es necesaria para luchar por nuestros sueños: esos sueños que llegan, esos sueños a los que tememos o esos que jamás se harán realidad.
lunes, 28 de enero de 2013
Frío en las tardes de invierno
Agonizo en tu silencio al preguntarte si me quieres. Pierdes la mirada en el mar y sonríes al aire, ese aire testigo de la incertidumbre habitante en mi alma.
Aún no he aprendido a interpretar tus gestos, muecas o señales, asignatura pendiente de la que evitas ser mi maestra. Nunca se te ha dado bien hablar claro, mostrar sentimientos...Siempre he sido yo quien ha pagado esta actitud un tanto egoísta.
Dices que no deseas sufrir y me prohíbes conocer tus secretos. Me niegas explorar en tus sueños y sellas los labios cuando te ruego sinceridad. Por temor...por orgullo, intuyo.
Ansío intensamente que destruyas esa coraza, que dejes de fingir que así eres más feliz. Deseo fervientemente que desvíes tus ojos de las olas y me muestres tu verdad.
Continúas observando la mar serena, cómplice tal vez de tus pesadillas y envidio su libertad, esa libertad que te atrapa el alma. Yo, preso y amarrado a tu espíritu, te contemplo sin poder acostumbrarme a las palabras que no emanan de tu boca.
Escucho tu respiración mansa y rítmica, culpable de la agitación de la mía. Tomo tus manos en un intento de percibir la calidez que evitas transmitirme con tu comportamiento y las siento gélidas, como esta tarde de invierno. Idolatro tu belleza, en paz con tu calma, una calma que necesita mi atormentado interior. Te susurro que eres hermosa y tú no dices nada, como el que guarda un secreto, como el que calla y otorga.
jueves, 24 de enero de 2013
Capítulo cerrado por decepción
Es recomendable cerrar una etapa para iniciar una nueva. Hace poco más de un mes, escribí el final de un capítulo de mi vida y, hoy por hoy, me encuentro ubicada en otro momento totalmente diferente al anterior y dispuesta a experimentar nuevas vivencias. Buenas y malas, porque incluso de lo malo se aprende.
Hoy me he topado con el folio donde expresé lo que sentía en aquellos instantes decisivos para mi salud mental y, al leer aquello, no he podido evitar sonreír. Su "adiós" fue lo mejor que me pudo pasar. Una de las razones por las que defiendo esto es porque este suceso me devolvió las ganas de volver a mi afición, siempre se me ha dado mejor escribir desde la rabia o el dolor.
10 de Diciembre, del 2012:
Ya superé la semana de encierro en casa, la semana de "cura-sana, cura-sana". Hace no mucho me dijeron que si estás triste, te tienes que cuidar. Pues eso hice, me cuidé como cuando alguien enferma de gripe: pijama; bata; zapatillas de andar por casa; kleenex reutilizados una y otra vez (esto sí que es reciclar y lo demás, tonterías); un bañito si te acuerdas o apestas; sopitas, porque se te ha cerrado el estómago; e incluso medicación a causa del dolor de cabeza horroroso que se instala en la sien tras tanto lagrimeo. No dejé que nadie me diera mimitos, sólo me ha aliviaba ABBA con "The winner takes it all" al transportarme a un mundo donde me transformaba en una diva rechazada que tiene el arte de convertir su despecho en puro espectáculo. Además, los sollozos o el casi-estrangulamiento de garganta por nudo gordo aportaban a mi voz una angustia propia de actriz de drama, interpretando la tragedia más triste jamás contada. ¡Muy teatral todo! Lo peor es que era real: mi dolor, mis lágrimas y mi voz.
Tras esta experiencia donde abandoné a mis amigos, las clases, la familia, todo lo grasiento y la alegría, opté por resurgir. Éste es un paso que hay que elegir. Tienes dos opciones: resucitar o que te salga mugre en el ombligo, se te despelleje la nariz y que de verdad te quedes sola y amargada porque apestas (literalmente y como persona infeliz).
Los días de pena son necesarios, pero hay que salvarse tras un tiempo considerable.
Eso no quiere decir que, de vez en cuando, no sucumba y sienta cómo mi corazoncito se resiente porque algo lo aplasta: oír su nombre, ver el mismo programa que sé que él está viendo, mirar el móvil y no ver ningún mensaje suyo, escuchar nuestra canción...esa maldita canción que antes gritaba emocionada y ahora se convierte en un escalofrío que penetra en lo más interno de mis huesos.
Lo más conveniente es no dramatizar (ya lo he hecho hasta ahora) y me enseñaron a tener confianza en mí misma, a ser independiente y tirar hacia adelante sin necesitar a nadie. Huía del compromiso porque lo entendía como muerte de libertad y entendía el amor como lo entiende Joaquín Sabina en "Contigo". Es más, mi única idea del amor era El Amante Bandido. Muy amante y más bandido, otro cobarde que disfraza su terror a hacerse pupa en miedo al compromiso...pero éste es otro tema. Sin embargo, apareció él y aunque tuviera cinco años menos que yo, no trabajase y su mayor diversión era hincharse a ver deporte y emborracharse los fines de semana, con él sí me planteé algo más formal. A nuestra manera, claro. Ilusa de mí...aquello no era amor, era euforia. Y por todos es sabido que la euforia (como la cerveza), tal y como sube, baja.
miércoles, 23 de enero de 2013
¡Soy blogger!
No recuerdo cuándo me di cuenta de que me gustaba escribir. Ni lo primero que escribí producto de mi imaginación. Como tampoco si lo hice en casa o en el cole; si fue en un folio o en un cuaderno; o si lo que guiaban mis dedos era un lápiz, bolígrafo o rotulador. Sin embargo, sí que me acuerdo de los cuadernos de hojas cuadriculadas y rayadas donde plasmaba mis cuentos; de que el mismo secreter donde ahora mismo reposa el teclado fue también apoyo de las primeras historias escritas; de las cajas de zapatos donde he guardado durante años papeles que contienen pensamientos, lágrimas, personajes, risas, emociones...
Cuando alguien conocía mi afición a la escritura, me preguntaba "¿y qué escribes?", a lo que yo respondía "mis cosas". ¿Cómo contestar a tal cuestión si ni yo misma muchas veces sabía cómo definir lo que redactaba?
Por eso, tal vez, se me ha hecho un tanto difícil pensar en un título que pudiera encabezar lo que pretendo publicar. No es que pretenda, no...porque ni siquiera lo he pensado, pero conociéndome, vaticino que no seré fiel a seguir un patrón. Será como una vía de escape, un vómito de ideas, un....lo que surja.
"Te voy a escribir una cosa..." creo que lo resume bastante bien, aunque a veces sean mil cosas las que cuente. A ti, que puede que me leas. O a mí misma cuando tenga unos cuantos años más y quiera pasarme por aquí para observar si la vida hace que cambiemos tanto.
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