Conozco a Marina desde que tengo 11 años, cuando vino a vivir al
barrio donde yo vivía. Ella no acostumbraba a unirse a nosotros y únicamente se
le veía cuando iba a comprar a la tienda de comestibles por encargo de su
madre, al salir a buscar a su hermano a la plaza o en fiestas. Marina no
estudiaba en el pueblo y sus amistades estaban en la ciudad, así que para la
mayoría de nosotros era una completa desconocida. Llamaba la atención por su
aspecto impoluto; por su educada manera de expresarse y por el mero hecho de
que fuese a un colegio privado en "Sanse", motivos suficientes para
que se ganara el mote de "La Fina". A mí me gustaba observarla andar
con la cabeza gacha cuando el camino le obligaba a pasar frente a nosotros o
ponerse colorada cuando a algún colega se le ocurría hacer alguna gracieta referida
a su físico. Era guapa, quizá no más que el resto de las chicas que sí jugaban
en el barrio, pero ese misterio que transmitía me resultaba de lo más
interesante. A mí y, por lo que me enteré más tarde, a todos aquellos que la
increpaban (no me excluyo de haberle soltado alguna perlita). Se demostraba
aquello de que "los que se pelean se desean".
Los años pasaron y el barrio dejó de ser punto de reunión. Todos
crecimos, algunos nos independizamos, estudiamos, cambiamos de amistades…Yo
conocí a una chica con la que me fui a vivir y empecé a trabajar en una
empresa. Veía a Marina cada vez que volvía a visitar a mis padres o alguna
noche de fiesta en la que acabábamos charlando y poniéndonos al día. Siempre
fue una persona con la que me sentía muy cómodo, podía hablar de cualquier tema
con ella y sabía escuchar. Me llegué a dar cuenta de que le confesaba cosas que
no revelaba ni a mis propios amigos, ni a mi pareja. Le declaraba temores que
tenía en la vida, expresaba mi pena por la muerte de mi padre, le hacía
cómplice de preocupaciones personales…También he de decir que hubo una
temporada en la que mi novia y yo no pasábamos por una buena racha y dediqué muchas
mañanas postjuerga a esperar a Marina a la salida de la discoteca que
frecuentábamos, para desahogarme camino a casa. Yo hablaba y hablaba y ella
escuchaba para luego aconsejarme que luchara por aquella relación. Nunca quise
que me contestara algo igual. En mi interior, deseaba que me dijera que
abandonara y que lo intentara con ella, incluso se lo hice saber en alguna
ocasión pero sus largas eran repetidas. ¿Motivo? Yo tenía novia y sabía que no
la dejaría. Su inteligencia y sentido del humor me apabullaba y me enganchaba
más.
Decidí evitarla durante mucho tiempo y dejé de verla. Me llegó la
información de que no se perdía una, de que cerraba cualquier garito y se iba a
desayunar con conocidos que la invitaban a cervezas hasta que la llamaba su
madre por teléfono y cogía el autobús hacia casa. También me contaron que
mantenía una relación bastante turbulenta con un chaval de mala vida y con
tanto dinero que no sabía qué hacer con él. A mí estos chismes me sorprendían
tanto como me asustaban. Las veces que la veía yo era caminando sola hacia el
puerto, andando por la orilla del mar, leyendo en la playa…Era independiente y
solitaria, algo bohemia y cierto es que los fines de semana los dedicaba a
salir de juerga, pero la concepción que tenían mis amigos de ella distaba mucho
de lo que yo conocía.
Una de esas noches, coincidí con ella a la entrada de un bar.
Estaba con dos amigas, notablemente borracha y no quería volver a casa.
-¡Pero si es pronto! ¡Vamos a bailar un poco! –protestaba ella.
-Nosotras estamos cansadas y no te vamos a dejar aquí. Venga, ¡a
casa! –la animaba una de sus acompañantes.
Me acerqué a ellas y Marina, al verme, se lanzó hacia mí y me dio
dos besos. La tuve que sujetar porque se tambaleaba un poco.
-¿Tú te crees que se quieren ir a casa a estas horas?
Me hizo gracia su manera de hablar, como conteniendo una carcajada
pero a la vez exhibiendo su espontaneidad.
-Desde luego que es como para no creérselo, pero creo que lo dicen
en serio. –contesté con la misma expresión de estar evitando echarme a reír-
Quédate conmigo si quieres.
Juraría que se le cambió el gesto. Miró a las dos chicas que la
esperaban, asintieron (ya me conocían y supongo que confiaban en mí) y accedió.
Fue una noche divertida en la que bailamos, charlamos, reímos…
La animé a unirse a mi cuadrilla, pero rechazó tajantemente la
invitación:
-¿Por qué?
-No te ofendas, pero no me gustan los cavernícolas.
Entendí al instante que era consciente de las habladurías y que
consideraba que el problema lo tenían ellos por ser tan machistas y no ella.
Quise saber en qué momento sentimental se encontraba ella sin
preguntarle directamente por aquel chaval del que me hablaron y lo único que
desveló fue que quería estar bien porque lo había pasado muy mal. La abracé fuertemente
con el arrepentimiento de un culpable pegado a la espalda, con la sensación de
un egoísta avergonzado, con la intención de arroparle lo que en todo este
tiempo no lo había hecho y susurré que me perdonara.
-¿Por qué?
-Porque tú siempre me has escuchado y me has apoyado en los
momentos más difíciles y yo no he estado ahí para ti.
-Vamos a bailar.
Cogió mi brazo y tiró de él guiándome hasta un bar donde nos
adentramos a seguir la farra. Parecía que evitaba cualquier acercamiento que
cruzara el límite, evadía cada mirada intensa que le dedicaba al chinchinear
nuestras copas, se mostraba algo incómoda cuando ponía mis manos en su cintura…Y,
de pronto, empezó a cantar Bob Dylan el estribillo de Knocking on Heaven´s
Door, se acercó a mi oído y me dijo:
-¿Sabes que Antonio Flores tiene una versión de esta canción en
español?
-¿Ah sí? ¿Cómo se llama?
-No puedo enamorarme de ti.
Nos entró la risa.
-¿Tú nunca mientes, Marina?
Sin borrar su sonrisa de pilla y siguiendo el ritmo de la música
con el cuerpo, negó con la cabeza. Me dio un vuelco el corazón.
Cuando ya amanecía, cogimos un taxi y paramos primero en mi casa.
No quería despedirme de ella, no quería dejarla irse en aquel coche porque
tenía la certeza de que sería la última vez que viviríamos un momento parecido.
Yo tenía pareja y ella…ella era inteligente.
-Bueno Luis, lo he pasado muy bien.
-Yo también. Dame tu número de teléfono.
Resopló.
-¿Para qué?
-Para llamarte un día y hablar.
Parecía reacia, pero aceptó. Me dictó su número y agregó:
-Si quieres hablar algún día, si necesitas ayuda por algo…llámame,
vale.
Antes de bajar del taxi, la besé. Fueron tal vez tres segundos,
cuatro, seis…no lo sé, pero no fue ni corto ni largo. Duró el tiempo suficiente
para que ella se sintiera culpable y yo un desgraciado por haber construido ya
una vida cómoda, ajena a ella.
Volví a ver a Marina en próximas ocasiones. Nos saludábamos
cordialmente (un “hola y adiós”), algo estallaba dentro de mí, respiraba
profundo porque me faltaba el aire y cada uno seguía su camino.
Continué escuchando cotilleos sobre ella: que seguía sin abandonar
la fiesta nocturna, que no había finalizado del todo su relación con el macarra
de la ciudad, que había intentado enrollarse con un tal Miguel…Cuando me enteré
de esto último, quise salir en su defensa:
-Marina no es así.
-¿Ah no? –preguntó escéptico un amigo.
-No, yo la conozco desde hace muchos años y sé que no es así.
-Bueno, esa chica es un poco floja.
-¡Que no, tío, que no! –me enfadé- Te digo que podría haberse
liado conmigo porque se lo he puesto a huevo un montón de veces y nunca ha
pasado nada.
-¡Qué dices Luis, tío! Pero si tú estás con Vero.
Todos se escandalizaron al escuchar esto, pero en aquel momento me
dio exactamente igual. No podía permitir que hablaran así de Marina.
-Es una chavala que siempre me ha gustado, siempre ha habido
tonteo entre los dos y ella terminaba frenando.
-¡Buah, encima es una calientapollas!
Mis amigos se reían a carcajadas y yo no sabía cómo salir de
aquello, convencerlos de que aquello no era así parecía imposible.
-Bueno… –interrumpió de pronto el jolgorio otro de ellos- lo de
Julio lo calienta para luego comérselo, ¿no Julito?
El mencionado se molestó. En ese momento, me percaté de que era el
único junto a mí que nunca reía las gracias relacionadas con Marina.
-A mí dejadme en paz…
-¡Tú las matas callando, chaval! ¿Pero cuántas veces ha discutido
con el yonki ése y has sido tú quien la ha consolado? ¡Que esa tía va pidiendo
guerra!
Observé a Julio que ni siquiera se defendía y se mantuvo impasible
ante los vulgares comentarios del resto. No despegó la mirada del televisor en
ningún momento, como si el tema no estuviera relacionado con él y entendí que no
era la primera vez que soportaba aquel comportamiento por parte de sus colegas.
Aun así, parecía importarle poco lo que dijeran, bien porque estaba
acostumbrado o bien porque él sabía como yo que Marina no era como la juzgaban
y veía inútil discutir sobre ello con esta panda de garrulos. Por lo que sé, ellos
dos siguieron acostándose hasta hace no mucho. Hasta que ella conoció a otro
chico de mi mismo círculo, casualmente.
Conectaron desde el primer momento, según fuentes que estaban
presentes la misma noche que los presentaron. Pasaron horas y horas
compartiendo risas, chistes, coqueteo y alcohol. Tras esta noche donde Juan
juró que no pasó nada más allá de lo que se pudo ver, mantuvieron durante
varias semanas contacto vía teléfono y parecía que todo iba bien. Él me parece
un buen chaval y me alegré de que pudiera surgir algo de esta historia. De
momento, los amigos más crueles no se envalentonaban para opinar y él tampoco hablaba
sobre el tema más que con gente de su más confianza.
Pasó el tiempo y yo apenas aparecía por el local, trabajaba mucho,
seguía teniendo problemas con Vero y no me apetecía salir. Perdí bastante el
contacto con mis amigos y vivía enfrascado en mi mundo, con mis problemas y mis
pocas ganas de nada. Solía aprovechar para ir a pasear hacia la playa algún que
otro atardecer, después del trabajo. Era mi momento de paz, de descanso, de
reconciliación con el mundo que últimamente sentía que no me trataba bien. La
última vez que me topé con Marina fue al llegar a la playa. Estaba sentada en
las escaleras que dan acceso a ella y miraba hacia el mar.
-Marina.
Giró su cabeza hacia mí y me sonrió sin ganas de sonreír. Se le
veía triste…o cansada.
-Hola Luisi.
Me sobrecogió que utilizara el mote con el que me bautizó muchos
años atrás.
-¿Qué tal estás?
Volvió a dirigir su mirada hacia el mar y contestó casi en un
susurro:
-Bien.
Comprendí que fui algo inoportuno y que no era momento para hablar
con ella. Probablemente, mi presencia le estaba molestando. Así que me despedí:
-Vale, te dejo sola. Te llamo algún día, ¿vale?
Ella asintió volviendo a marcar esa mueca de sonrisa forzada sin
desviar los ojos de las olas. “Sola, sola…” pensé.
En cuanto subí al coche, llamé a mi amigo Juan y le pregunté por
Marina.
-No sé, hace mucho que no sé de ella.
-Pero, ¿hubo algo más? ¿Intentasteis algo?
-No, no, pasé. Estos me contaron mil movidas de ella, me enteré de
que se solía liar con Julio, de que quería con Miguel, de que contigo también
hubo algo….¡bah!
Me subió la sangre a la cabeza.
-Oye que no, que conmigo no pasó nada…
-Ya, ya… –me interrumpió- ya da igual, paso total.
-Te gustaba, ¿no? ¿te caía bien?
-Sí, me gustaba. Era una tía muy maja, me reía mucho con ella…todo
guay, pero hay cosas que no…no me gustó lo que me contaron de ella y punto.
Además, creo que ha vuelto con el “perlao” éste…
Me sentí fatal. Por ella, por mí, por Juan…Una sensación de
impotencia, de culpabilidad, de rabia…se apoderó de mí. Marina sólo quería
estar bien y no podía estarlo porque todos la juzgaban sin conocerla y no la
conocían porque le colgaron una etiqueta que no se merecía. “Sola, sola…” porque
a pesar de que a ella no le importara que la criticaran, el resto dimos mucha
importancia al “qué dirán”. ¿Cómo podía luchar yo contra eso si contribuí en
ello?
Decidí llamarla y, al
buscar su nombre en el teléfono, recordé que lo borré en cuanto vi a mi novia
durmiendo al llegar a casa, minutos más tarde de facilitármelo la noche que la
besé.
Marina me dijo una vez que siempre decía la verdad y yo sé que no,
porque aquel atardecer me mintió al
contestar que estaba bien. Esto sí que no se lo contaré a nadie.
No tengo nada más que agregar a esta entrada, sólo una canción que cantaba Rizzo (¡qué bien que me cae este personaje ahora que he crecido!) en Grease y que (para mí) es un himno:




