viernes, 29 de noviembre de 2013

Te juro que era buena chica Marina...

Conozco a Marina desde que tengo 11 años, cuando vino a vivir al barrio donde yo vivía. Ella no acostumbraba a unirse a nosotros y únicamente se le veía cuando iba a comprar a la tienda de comestibles por encargo de su madre, al salir a buscar a su hermano a la plaza o en fiestas. Marina no estudiaba en el pueblo y sus amistades estaban en la ciudad, así que para la mayoría de nosotros era una completa desconocida. Llamaba la atención por su aspecto impoluto; por su educada manera de expresarse y por el mero hecho de que fuese a un colegio privado en "Sanse", motivos suficientes para que se ganara el mote de "La Fina". A mí me gustaba observarla andar con la cabeza gacha cuando el camino le obligaba a pasar frente a nosotros o ponerse colorada cuando a algún colega se le ocurría hacer alguna gracieta referida a su físico. Era guapa, quizá no más que el resto de las chicas que sí jugaban en el barrio, pero ese misterio que transmitía me resultaba de lo más interesante. A mí y, por lo que me enteré más tarde, a todos aquellos que la increpaban (no me excluyo de haberle soltado alguna perlita). Se demostraba aquello de que "los que se pelean se desean".

Los años pasaron y el barrio dejó de ser punto de reunión. Todos crecimos, algunos nos independizamos, estudiamos, cambiamos de amistades…Yo conocí a una chica con la que me fui a vivir y empecé a trabajar en una empresa. Veía a Marina cada vez que volvía a visitar a mis padres o alguna noche de fiesta en la que acabábamos charlando y poniéndonos al día. Siempre fue una persona con la que me sentía muy cómodo, podía hablar de cualquier tema con ella y sabía escuchar. Me llegué a dar cuenta de que le confesaba cosas que no revelaba ni a mis propios amigos, ni a mi pareja. Le declaraba temores que tenía en la vida, expresaba mi pena por la muerte de mi padre, le hacía cómplice de preocupaciones personales…También he de decir que hubo una temporada en la que mi novia y yo no pasábamos por una buena racha y dediqué muchas mañanas postjuerga a esperar a Marina a la salida de la discoteca que frecuentábamos, para desahogarme camino a casa. Yo hablaba y hablaba y ella escuchaba para luego aconsejarme que luchara por aquella relación. Nunca quise que me contestara algo igual. En mi interior, deseaba que me dijera que abandonara y que lo intentara con ella, incluso se lo hice saber en alguna ocasión pero sus largas eran repetidas. ¿Motivo? Yo tenía novia y sabía que no la dejaría. Su inteligencia y sentido del humor me apabullaba y me enganchaba más.
Decidí evitarla durante mucho tiempo y dejé de verla. Me llegó la información de que no se perdía una, de que cerraba cualquier garito y se iba a desayunar con conocidos que la invitaban a cervezas hasta que la llamaba su madre por teléfono y cogía el autobús hacia casa. También me contaron que mantenía una relación bastante turbulenta con un chaval de mala vida y con tanto dinero que no sabía qué hacer con él. A mí estos chismes me sorprendían tanto como me asustaban. Las veces que la veía yo era caminando sola hacia el puerto, andando por la orilla del mar, leyendo en la playa…Era independiente y solitaria, algo bohemia y cierto es que los fines de semana los dedicaba a salir de juerga, pero la concepción que tenían mis amigos de ella distaba mucho de lo que yo conocía.



Una de esas noches, coincidí con ella a la entrada de un bar. Estaba con dos amigas, notablemente borracha y no quería volver a casa.
-¡Pero si es pronto! ¡Vamos a bailar un poco! –protestaba ella.
-Nosotras estamos cansadas y no te vamos a dejar aquí. Venga, ¡a casa! –la animaba una de sus acompañantes.
Me acerqué a ellas y Marina, al verme, se lanzó hacia mí y me dio dos besos. La tuve que sujetar porque se tambaleaba un poco.
-¿Tú te crees que se quieren ir a casa a estas horas?
Me hizo gracia su manera de hablar, como conteniendo una carcajada pero a la vez exhibiendo su espontaneidad.
-Desde luego que es como para no creérselo, pero creo que lo dicen en serio. –contesté con la misma expresión de estar evitando echarme a reír- Quédate conmigo si quieres.
Juraría que se le cambió el gesto. Miró a las dos chicas que la esperaban, asintieron (ya me conocían y supongo que confiaban en mí) y accedió.
Fue una noche divertida en la que bailamos, charlamos, reímos…
La animé a unirse a mi cuadrilla, pero rechazó tajantemente la invitación:
-¿Por qué?
-No te ofendas, pero no me gustan los cavernícolas.
Entendí al instante que era consciente de las habladurías y que consideraba que el problema lo tenían ellos por ser tan machistas y no ella.
Quise saber en qué momento sentimental se encontraba ella sin preguntarle directamente por aquel chaval del que me hablaron y lo único que desveló fue que quería estar bien porque lo había pasado muy mal. La abracé fuertemente con el arrepentimiento de un culpable pegado a la espalda, con la sensación de un egoísta avergonzado, con la intención de arroparle lo que en todo este tiempo no lo había hecho y susurré que me perdonara.
-¿Por qué?
-Porque tú siempre me has escuchado y me has apoyado en los momentos más difíciles y yo no he estado ahí para ti.
-Vamos a bailar.
Cogió mi brazo y tiró de él guiándome hasta un bar donde nos adentramos a seguir la farra. Parecía que evitaba cualquier acercamiento que cruzara el límite, evadía cada mirada intensa que le dedicaba al chinchinear nuestras copas, se mostraba algo incómoda cuando ponía mis manos en su cintura…Y, de pronto, empezó a cantar Bob Dylan el estribillo de Knocking on Heaven´s Door, se acercó a mi oído y me dijo:
-¿Sabes que Antonio Flores tiene una versión de esta canción en español?
-¿Ah sí? ¿Cómo se llama?
-No puedo enamorarme de ti.
Nos entró la risa.
-¿Tú nunca mientes, Marina?
Sin borrar su sonrisa de pilla y siguiendo el ritmo de la música con el cuerpo, negó con la cabeza. Me dio un vuelco el corazón.

Cuando ya amanecía, cogimos un taxi y paramos primero en mi casa. No quería despedirme de ella, no quería dejarla irse en aquel coche porque tenía la certeza de que sería la última vez que viviríamos un momento parecido. Yo tenía pareja y ella…ella era inteligente.
-Bueno Luis, lo he pasado muy bien.
-Yo también. Dame tu número de teléfono.
Resopló.
-¿Para qué?
-Para llamarte un día y hablar.
Parecía reacia, pero aceptó. Me dictó su número y agregó:
-Si quieres hablar algún día, si necesitas ayuda por algo…llámame, vale.
Antes de bajar del taxi, la besé. Fueron tal vez tres segundos, cuatro, seis…no lo sé, pero no fue ni corto ni largo. Duró el tiempo suficiente para que ella se sintiera culpable y yo un desgraciado por haber construido ya una vida cómoda, ajena a ella.

Volví a ver a Marina en próximas ocasiones. Nos saludábamos cordialmente (un “hola y adiós”), algo estallaba dentro de mí, respiraba profundo porque me faltaba el aire y cada uno seguía su camino.
Continué escuchando cotilleos sobre ella: que seguía sin abandonar la fiesta nocturna, que no había finalizado del todo su relación con el macarra de la ciudad, que había intentado enrollarse con un tal Miguel…Cuando me enteré de esto último, quise salir en su defensa:
-Marina no es así.
-¿Ah no? –preguntó escéptico un amigo.
-No, yo la conozco desde hace muchos años y sé que no es así.
-Bueno, esa chica es un poco floja.
-¡Que no, tío, que no! –me enfadé- Te digo que podría haberse liado conmigo porque se lo he puesto a huevo un montón de veces y nunca ha pasado nada.
-¡Qué dices Luis, tío! Pero si tú estás con Vero.
Todos se escandalizaron al escuchar esto, pero en aquel momento me dio exactamente igual. No podía permitir que hablaran así de Marina.
-Es una chavala que siempre me ha gustado, siempre ha habido tonteo entre los dos y ella terminaba frenando.
-¡Buah, encima es una calientapollas!
Mis amigos se reían a carcajadas y yo no sabía cómo salir de aquello, convencerlos de que aquello no era así parecía imposible.
-Bueno… –interrumpió de pronto el jolgorio otro de ellos- lo de Julio lo calienta para luego comérselo, ¿no Julito?
El mencionado se molestó. En ese momento, me percaté de que era el único junto a mí que nunca reía las gracias relacionadas con Marina.
-A mí dejadme en paz…
-¡Tú las matas callando, chaval! ¿Pero cuántas veces ha discutido con el yonki ése y has sido tú quien la ha consolado? ¡Que esa tía va pidiendo guerra!
Observé a Julio que ni siquiera se defendía y se mantuvo impasible ante los vulgares comentarios del resto. No despegó la mirada del televisor en ningún momento, como si el tema no estuviera relacionado con él y entendí que no era la primera vez que soportaba aquel comportamiento por parte de sus colegas. Aun así, parecía importarle poco lo que dijeran, bien porque estaba acostumbrado o bien porque él sabía como yo que Marina no era como la juzgaban y veía inútil discutir sobre ello con esta panda de garrulos. Por lo que sé, ellos dos siguieron acostándose hasta hace no mucho. Hasta que ella conoció a otro chico de mi mismo círculo, casualmente.



Conectaron desde el primer momento, según fuentes que estaban presentes la misma noche que los presentaron. Pasaron horas y horas compartiendo risas, chistes, coqueteo y alcohol. Tras esta noche donde Juan juró que no pasó nada más allá de lo que se pudo ver, mantuvieron durante varias semanas contacto vía teléfono y parecía que todo iba bien. Él me parece un buen chaval y me alegré de que pudiera surgir algo de esta historia. De momento, los amigos más crueles no se envalentonaban para opinar y él tampoco hablaba sobre el tema más que con gente de su más confianza.

Pasó el tiempo y yo apenas aparecía por el local, trabajaba mucho, seguía teniendo problemas con Vero y no me apetecía salir. Perdí bastante el contacto con mis amigos y vivía enfrascado en mi mundo, con mis problemas y mis pocas ganas de nada. Solía aprovechar para ir a pasear hacia la playa algún que otro atardecer, después del trabajo. Era mi momento de paz, de descanso, de reconciliación con el mundo que últimamente sentía que no me trataba bien. La última vez que me topé con Marina fue al llegar a la playa. Estaba sentada en las escaleras que dan acceso a ella y miraba hacia el mar.
-Marina.
Giró su cabeza hacia mí y me sonrió sin ganas de sonreír. Se le veía triste…o cansada.
-Hola Luisi.
Me sobrecogió que utilizara el mote con el que me bautizó muchos años atrás.
-¿Qué tal estás?
Volvió a dirigir su mirada hacia el mar y contestó casi en un susurro:
-Bien.
Comprendí que fui algo inoportuno y que no era momento para hablar con ella. Probablemente, mi presencia le estaba molestando. Así que me despedí:
-Vale, te dejo sola. Te llamo algún día, ¿vale?
Ella asintió volviendo a marcar esa mueca de sonrisa forzada sin desviar los ojos de las olas. “Sola, sola…” pensé.
En cuanto subí al coche, llamé a mi amigo Juan y le pregunté por Marina.
-No sé, hace mucho que no sé de ella.
-Pero, ¿hubo algo más? ¿Intentasteis algo?
-No, no, pasé. Estos me contaron mil movidas de ella, me enteré de que se solía liar con Julio, de que quería con Miguel, de que contigo también hubo algo….¡bah!
Me subió la sangre a la cabeza.
-Oye que no, que conmigo no pasó nada…
-Ya, ya… –me interrumpió- ya da igual, paso total.
-Te gustaba, ¿no? ¿te caía bien?
-Sí, me gustaba. Era una tía muy maja, me reía mucho con ella…todo guay, pero hay cosas que no…no me gustó lo que me contaron de ella y punto. Además, creo que ha vuelto con el “perlao” éste…

Me sentí fatal. Por ella, por mí, por Juan…Una sensación de impotencia, de culpabilidad, de rabia…se apoderó de mí. Marina sólo quería estar bien y no podía estarlo porque todos la juzgaban sin conocerla y no la conocían porque le colgaron una etiqueta que no se merecía. “Sola, sola…” porque a pesar de que a ella no le importara que la criticaran, el resto dimos mucha importancia al “qué dirán”. ¿Cómo podía luchar yo contra eso si contribuí en ello?
Decidí  llamarla y, al buscar su nombre en el teléfono, recordé que lo borré en cuanto vi a mi novia durmiendo al llegar a casa, minutos más tarde de facilitármelo la noche que la besé.

Marina me dijo una vez que siempre decía la verdad y yo sé que no,  porque aquel atardecer me mintió al contestar que estaba bien. Esto sí que no se lo contaré a nadie.





No tengo nada más que agregar a esta entrada, sólo una canción que cantaba Rizzo (¡qué bien que me cae este personaje ahora que he crecido!) en Grease y que (para mí) es un himno:





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