Cuando por fin llegué a la
estación, lo primero en lo que fijé la mirada fue en el reloj que colgaba de la
pared, junto a la taquilla. Eran las 18:08, aún quedaba tiempo para que saliera
el tren que me dirigiría lejos de Irún. En 22 minutos me daba tiempo a comprar
el billete de ida, el de vuelta, fumarme un cigarrillo, arrepentirme de mi
marcha, maldecir aquella gris ciudad testigo de tanto dolor, relativizar la
pena y plantearme la huida, llamarlo para despedirme en condiciones, para
llorarle, para pedirle que me viniera a buscar…Simplemente, me apresuré a
adquirir el billete de ida y, al escuchar al vendedor de tikets preguntar
“¿Vuelta?”, contesté impulsivamente que no. Me negué a meditar la respuesta,
debía mantener la mente fría y disponerme a hacer lo que había decidido horas
antes. Me senté en el andén y esperé a que llegara: el tren o, quizá, él.
Encendí un pitillo y, tras
dos caladas y el recuerdo de su voz diciendo que le encantaba observar cómo
expulsaba el humo, lo tiré al suelo movida por una sensación entre rabia y
tristeza. Dejar atrás todo lo vivido era lo más adecuado, cortar por lo sano
con aquello que me recordara a él. No volvería a fumar; ni a escuchar a Los
Rolling; ni siquiera a comer el trocito de pan al que me acostumbré a ingerir
después del yogur, tal y como hacía Juan. Pero sobretodo, jamás repasaría
internamente las palabras que me empujaron a abandonar esta tierra: “No voy a
luchar por que te quedes. Si quieres, te vas”. Yo no quería, pero tenía que
hacer un gran esfuerzo para querer porque era lo que me convenía.
Tomé mi bolso
entre los brazos y lo abracé fuertemente, como si me aferrara así a un futuro
aún desconocido pero por el que ya había firmado. Llevaba un contrato en la
cartera que había estado días intacto hasta que elegí sellar mi nombre en él,
al percatarme de que probablemente me
recibiría un destino más paciente que Juan. Nunca supo esperar y sí hacerse de
rogar. Tal vez por eso, porque aprendí a no perder la esperanza con él, cada
cierto instante durante los 22 minutos, lo busqué inútilmente con la mirada
entre la multitud de la estación.
El tren se detuvo frente a
mí, cogí mis bártulos en otro ataque de dignidad y subí a él, con la cabeza
alta y fingiendo estar dispuesta a emprender un viaje a mi futuro con fortaleza.
Miré por última vez hacia la puerta de la estación y vislumbré un cartel que
decía “150 años de tren en Irún”. Me pregunté si, en el caso de retroceder en
el tiempo, habría hecho las cosas tal y como las hice en mi relación y suspiré
recordándome esta vez a mí misma diciéndole, en nuestra despedida, una de mis
frases favoritas: “Hasta de lo malo se aprende”.

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