Hacía tres meses desde la última vez que estuvieron juntos. Aquella noche fue realmente especial para Mariola: rieron, bebieron, charlaron, lloraron, se besaron, se abrazaron...tenía la sensación de que, a partir de aquello, todo iba a cambiar. No se equivocó, únicamente erró en no imaginar que se trataba de una despedida.
Durante este tiempo de ausencia, no supo nada de Gonzalo, ni siquiera contestaba a sus mensajes. Mariola vivía en un mar de incertidumbre, desconocía qué ocurría, la razón por la cual él había cortado todo tipo de contacto. En los tres años de relación, jamás se había comportado así, negándole incluso la palabra...A ella le dolía más el no saber el porqué de semejante actitud que la decisión de terminar con su historia. No era la primera vez que Gonzalo daba el paso de alejarse de ella (para después volver), pero nunca antes se había cerrado tan en banda como para incluso ignorarla de esa manera. Mariola necesitaba una respuesta, pero su ego le impedía volver a intentar llamarlo para recibir la respuesta más temida: no ya el "NO" conocido, sino el silencio conocido también, pero más reciente y puñetero. De todas formas, también su orgullo le hacía entender que se merecía una explicación, que ella no era cualquiera que se conforma con el adiós sin motivo alguno y lo acepta, que no podía recibir una patada y callarse. En realidad, no sabía qué hacer. Le aconsejaban que lo ignorase, que no le diera más bola, que lo mejor era olvidarlo, que él no viese que le importaba...¿y vivir con la duda? ¿con mil dudas? ¿cruzarse con él por la calle y ni siquiera poder mirarlo porque él así lo ha decidido y no saber por qué? ¿tratar como un desconocido al hombre que más quiso? ¿pensar que podría ser una molestia para él y que por esa razón la ignoraba? ¿o creer que hizo algo mal? ¿o especular con que el miedo a comprometerse tan presente en su vida es lo que le empujó otra vez a huir? Mariola no podía convivir con ello. Tarde o temprano se encontrarían por casualidad y no soportaba idear mirarle a los ojos y tal vez descubrir algo desagradable. No estaba preparada para recibir el rechazo en persona. "Ésta es la última vez que lo hago" se dijo a sí misma. No se hallaba en condiciones de escuchar su voz, así que le envió un mensaje: "Tenemos que hablar ¿quedamos esta tarde?". Gonzalo respondió nada más leerlo: "Sí, a las 8 salgo de currar". Mariola sentía el corazón en la garganta, latiendo con tal intensidad que se vio capaz de vomitarlo. Había aceptado por primera vez en tres años a hablar en un lugar ajeno a su habitación, sobriamente, a la luz del sol.
El encuentro fue frío, Gonzalo evitaba topar su mirada con la de ella y se le percibía inquieto. Parco en palabras y serio, muy serio.
-¿Vamos a tomar algo?
-No, tengo cosas que hacer, tengo un poco de prisa.-contestó él- ¿De qué quieres hablar?
La situación era de lo más tensa e incómoda, él no estaba en predisposición de ser cordial, daba la impresión de que le estaba haciendo un favor a Mariola habiendo quedado con ella y ésta pasó de sentir pena a rabia e impotencia.
-¿Qué leches te pasa? Vale que ya no quieras seguir conmigo, vale que tu cobardía disfrazada de "no quiero compromisos, soy un golfo" te impida tener algo más conmigo, vale que probablemente no te guste lo suficiente como para querer seguir con esto...puedes elegir terminar, pero no puedes tratarme mal.
-Yo no te trato mal.
-No me tratas bien. Eres un maleducado y yo no te he hecho nada para que me hagas esto.
-Ya, lo siento.
-¿Sabes qué? Me voy, estoy enfadada.
Se dio la vuelta y se marchó a pasos agigantados, casi corriendo, como dejando atrás el pasado al darse cuenta de que era lo mejor para ella. Lo que acababa de ocurrir era necesario para ver lo innecesario que era luchar por él. Gonzalo ni siquiera hizo el amago de retenerla, de cambiar su comportamiento, su perdón sonó forzado...Gonzalo no estaba arrepentido de haberle dado la espalda de esa manera a la que hasta hacía poco había sido más que una amiga.
Al subir al autobús, se sentó en el primer asiento que pudo distinguir, ya que las lágrimas la cegaban. Se percató en seguida de que no había producido aquella cita para escucharle a él, sino que para ser escuchada. Le sonó el teléfono, era Gonzalo. Le acababa de escribir un mensaje: "No quiero que te enfades conmigo". Ella cogió aire lentamente, lo expulsó y escribió: "Estoy enfadada conmigo misma, por haberme importado tanto un tío como tú".
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