Años atrás, tan sólo lo
consideraba un "chico mono" que pertenecía al grupo de amigos de su
hermano menor al que piropeaba descaradamente, probablemente debido a que era
consciente de estas dos características: amigo de su hermano y menor. Ella
nunca fue de las que se acercaba a los chicos para flirtear o expresaba
claramente atracción hacia ellos, pero en este caso le resultaba divertido
bromear con él y confesarle que si tuviese unos añitos más, intentaría
"algo". Iván contestaba con timidez y cierto orgullo a esta actitud
de Daniela, le agradaba y ruborizaba a la vez que una mujer así le dedicara
tanta atención. Sin embargo, tampoco le daba demasiada importancia por el mismo
motivo: la edad. A su lado, se sentía como un muñeco con el que jugar.
Con el tiempo, las circunstancias
de cada uno los mantuvieron ocupados en diferentes historias y los encuentros
eran más distantes y menos frecuentes. Se reducían a alguna nochevieja en la
que Daniela terminó en su local cantando al son de Los Beatles, cruces de sonrisas
en casa de ella cuando Iván acudía a ver algún partido de fútbol con su hermano,
contadas palabras por los pasillos, tímidos saludos por la calle...Resultaba
evidente que los años y la madurez intervinieron para que se mirasen de otra
manera, como un hombre y una mujer.
Ella sentía una enorme atracción
hacia sus verdes ojos, su cara de pillo y ese pelo rebelde y ondulado que
crecía a los lados de su cara, en forma de largas patillas. "Tiene aspecto
de señorito andaluz" pensaba y se sonrojaba sólo con recibir una mirada.
A él le resultaba preciosa su
larga melena, que sonriera con tanta facilidad y su expresividad en la mirada.
Esos ojos almendrados con los que podía soltar carcajadas, seducirte o
tumbarte. En cierta manera, siempre le intimidó su manera de mirar, de caminar,
de comportarse...tan segura de sí misma. Le intimidaba tanto como le daba
morbo.
Coincidieron una noche, en plenas
fiestas del pueblo, en la que ella se escaqueaba de un noviete que se había
echado más por entretenimiento que por otra cosa. Vio a Iván sentado en un
banco junto a otro amigo en común y se sentó a su lado. Coquetearon ante la
mirada atónita de varios amigos e incluso quedaron en que se verían al día
siguiente para ir al cine. Este momento no llegó a suceder. En cuanto Carlos se
enteró de que su hermana intentaba tener un acercamiento con su amigo, le hizo
saber claramente que él estaba disconforme, algo que le dolió mucho. Sin
embargo, prefería evitar cualquier enfrentamiento con su familiar, así que optó
por poner tierra de por miedo entre ella e Iván.
Sucedió un año entre aquella noche
y la próxima en la que se quedaron solos hablando de los dos. Daniela salía de
una relación tormentosa y necesitaba una bocanada de aire fresco, volver a
confiar y sentirse deseada. Iván estaba enredado en una historia donde la parte
contraria lo estaba mareando y él quería más, amar y ser correspondido. Se
encontraron de frente en un callejón, una señal de que esa noche no había otra
salida. Él pelín perjudicado por los efectos del alcohol; ella lo
suficientemente sobria para ser consciente de que aquello no era del todo
correcto, pero lo bastante vulnerable para dejarse querer. Él acelerado por
probar su piel; ella frenando no con mucha convicción el deseo de recibirlo. Él
mimando las heridas que le habían producido anteriormente con palabras sinceras
y halagadoras; ella haciéndole sentir con el lenguaje de las miradas que lo que
escuchaba era recíproco.
Charlaron durante horas, bailaron
mirándose a los ojos y dieron la bienvenida al amanecer conversando sobre el
miedo: miedo a sufrir, miedo a perder la libertad, a perder a Carlos. Una
despedida que se cerró con un beso que acarició ambas almas, conscientes de que
aquella caricia se convertiría en arañazo próximamente.
Los días posteriores fueron extraños. Daniela intuyó que su
hermano había escuchado comentarios por parte de su círculo de amigos dado su
comportamiento. Esa actitud de rechazo que adquirió hacia ella la hizo sentirse
sucia ante sus ojos, cuando en realidad no veía que hubiese hecho nada malo. No
se arrepentía de lo sucedido y recordaba lo vivido con Iván con mucho cariño y
cierta melancolía. Tenía una sensación agridulce. Había encontrado en aquel
chaval alguien con el que estaba a gusto, con el que podía hablar de cualquier
tema, con el que olvidar las malas experiencias vividas y compartir nuevas
especiales; sin embargo, no estaba preparada para enfrentarse a su hermano y
arriesgar en algo que tampoco era certero que funcionaría. El miedo, otra vez.
Dos semanas después, una tarde en la que ella se preparaba
para salir a la calle, escuchó entrar a Carlos en casa junto alguien. Abrió la
puerta de su habitación y el corazón le dio un vuelco al dar de bruces con el
que hacía días ocupaba su pensamiento. Estaba ahí, frente a ella. Estaban ahí,
frente a ella. Se miraron, se sonrieron y se acercaron titubeando para besarse,
esta vez, en la mejilla.
-Bueno, vámonos.-intervino el tercero en discordia-Sólo
hemos venido a recoger unas llaves.
Iván se había ofrecido a acompañarlo con la esperanza de ver
a Daniela y el destino lo ayudó. Ajenos al tono molesto de Carlos, se mantuvieron
la mirada y la sonrisa, hasta que él agregó:
-Luego nos vemos.
Aquella misma noche, para poder verse, él tuvo que buscarla.
Se hallaban en la misma discoteca y, tras tener un altercado los dos hermanos
por culpa de que ella le pidiera el número de teléfono de Iván, éste dio con
Daniela. La visualizó bailando sola, rodeada de gente, pero ensimismada. Así
era ella, independiente y única, siempre moviéndose a su ritmo, libre y algo
bohemia. Así le gustaba a él y, al observarla, comprendió que entendería
fácilmente lo que en breve le iba a comunicar. Se fue acercando lentamente y la
agarró de la cintura sacándole de la burbuja que había creado en torno a ella
en mitad de la pista. No pareció importarle al percibir que quien había
interrumpido ese momento era Iván.
-Mañana me voy a Cádiz.
-¡Qué bien! ¿Para cuánto tiempo?
-No lo sé, me voy a vivir allí. Venía a despedirme.
Daniela cambió el gesto, su rostro reflejaba confusión, se
puso nerviosa. Le tomó del brazo y lo arrastró fuera.
-¿Por qué no me lo has dicho antes?
-¿Hubiese cambiado algo?
No supo responder, aquel chaval que hace años sólo era el “amigo
mono” de su hermano la había dejado sin palabras, la había abatido, le había
descubierto sus miedos. Su primer pensamiento fue mandarlo a paseo, pero se vio
incapaz al ver que lo tenía frente a ella, sonriendo y dirigiendo su mano a su
mejilla.
-Hey-susurró entonces él-Vamos a aprovechar esta noche.
Unas horas más juntos, unas horas en las que recuperaron el
tiempo perdido, en las que se vieron el alma y tras las cuales se conocieron
verdaderamente. No hubo sexo, ni besos, ni tan siquiera caricias. Hablaron de
cine, música y amor. Ella confesó que esa mirada de ojos verdes le intimidaba y
él disfrutaba provocándola.
-Deja de mirarme así.
-¿Así cómo?
-Me poner nerviosa.
-¿Y eso cómo es?
No importaba la edad ya. Iván se sentía un hombre a su lado
porque ella lo veía como tal.
-Si hubiésemos ido hace un año al cine, mañana no me iría a
Cádiz.
-Si a Carlos no le hubiese importado, habríamos quedado.
-Si hubiésemos sido más valientes, tendría un motivo para
quedarme aquí.
-Tal vez no hubiese funcionado.
-Ése es el miedo que tienes tú realmente: a arriesgarte por
si pierdes. ¡Olvídate del resto, joder! Es una excusa, te da pavor meterte en
algo por si sufres. Estás muy cómoda tú sola, pero te estás perdiendo muchas
cosas, entérate.
-¿Crees que habría salido bien?
Iván mantuvo la mirada en la suya durante unos segundos de
silencio y por fin, respondió:
-Estoy convencido.
-No te vayas.-expulsó ella.
Se aproximó a ella, la sonrió y le contestó:
-Has tardado años en pedirme eso, ya es tarde.
Daniela no se enfadó, no tenía tiempo. Ni para pedirle
perdón, ni para reconciliaciones, ni para dramas...ya lloraría su ausencia en
unas horas.
Y efectivamente, Iván se fue y ella se quedó triste con la
esperanza de que volviera pronto para quedarse a su lado.
Mantenían contacto a través de vía telefónica. Ella le
contaba que el invierno estaba siendo duro, mucha lluvia y poco entretenimiento
y él le enviaba fotos de momentos de surf. Daniela conoció algún chico que otro
con el que no llegó a nada e Iván andaba centrado en encontrar trabajo y en
disfrutar y conocer su nueva tierra.
Hace una semana, ella recibió un mensaje: “Llego mañana, me
quedo allí una semana y espero verte”. Se quedó paralizada y no sabía qué
responder a ello. Ansiaba tanto verlo que al encontrarse tan cerca del momento,
no estaba segura de cómo iba a reaccionar, de qué querría él encontrarse, de si
debía contárselo a Carlos…incluso de si le haría bien estar con él para volver
a despedirse. Esos meses los había pasado martirizándose por cobarde, arrepintiéndose
de no haberse lanzado al vacío en su momento, de haber perdido la oportunidad
de intentarlo con Iván y era consciente de que esta visita le haría más daño:
verlo llegar, verlo marchar. Lo único que acertó a responder fue “Bienvenido a
la tierra de la lluvia”. Se sintió tonta nada más enviarlo.
Al tercer día, se dio cuenta de que estaba evitando
cualquier encontronazo, cosa que él intuyó y aún así volvió a dirigirse a ella
para quedar un día. Aceptó.
Llovía y Daniela llegó algo tarde. Iván la esperaba en la
barra del bar, tomándose una caña. Al verla entrar, un impulso lo empujó a
levantarse del taburete en el que estaba. La vio más guapa que nunca, con
abrigo rojo a juego con los labios y el pelo despeinado. La notó nerviosa, pero
como siempre intentando disimularlo, caminando hacia él con una amplia sonrisa
y paso seguro. Percibió las notas de algún perfume caro al recibir los dos
besos reglamentarios y se sonrojó al escucharle decir:
-¡Qué guapo estás!
-¡Pues ya tengo mérito! Este tiempo me está arrugando, voy a
pirarme antes de encoger también.
Ella cambió el gesto al oír citar su marcha, pero lo ocultó
sutilmente para pedir al camarero un té. Él se dio cuenta y entendió que para
Daniela no era fácil aquella situación, algo que en cierta manera le gustó
saber, ya que ello conllevaba que ambos mantenían sentimientos hacia el otro.
Conversaron durante horas entre cómplices miradas y gestos que delataban que
existía una atracción mayor que incluso la última vez que se vieron.
-Creo que no quería verte.-soltó ella de repente.
Al contrario de lo que esperaba escuchar ella, él contestó:
-Ya lo sé y lo entiendo.
No hizo falta decir nada más. Entendían cada silencio del
otro, cada frase sin terminar, cada casual (o no tan casual) mínimo roce de
piel…y los dos estaban de acuerdo en que esta situación les hacía daño.
-Si estuvieses aquí, todo sería diferente…pero no estás.
-No me vas a hacer sentir culpable, bicha…Las cosas son así
y lo sabes. Encima que ahora he encontrado curro…
-Sí…es una pena.
-De momento, es así.
-Espero que todo te vaya bien.
-Yo también a ti.
Se abrazaron y se alejaron el uno del otro con la convicción
de que esa historia de amor era imposible.
-¡Iván!
Se dio la vuelta para escucharla.
-¿Y si un día me planto en Cádiz?
Él sonrió.
-Allí siempre sale el sol.
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