miércoles, 24 de septiembre de 2014

Él, ella...Iván, Daniela...

Años atrás, tan sólo lo consideraba un "chico mono" que pertenecía al grupo de amigos de su hermano menor al que piropeaba descaradamente, probablemente debido a que era consciente de estas dos características: amigo de su hermano y menor. Ella nunca fue de las que se acercaba a los chicos para flirtear o expresaba claramente atracción hacia ellos, pero en este caso le resultaba divertido bromear con él y confesarle que si tuviese unos añitos más, intentaría "algo". Iván contestaba con timidez y cierto orgullo a esta actitud de Daniela, le agradaba y ruborizaba a la vez que una mujer así le dedicara tanta atención. Sin embargo, tampoco le daba demasiada importancia por el mismo motivo: la edad. A su lado, se sentía como un muñeco con el que jugar. 
Con el tiempo, las circunstancias de cada uno los mantuvieron ocupados en diferentes historias y los encuentros eran más distantes y menos frecuentes. Se reducían a alguna nochevieja en la que Daniela terminó en su local cantando al son de Los Beatles, cruces de sonrisas en casa de ella cuando Iván acudía a ver algún partido de fútbol con su hermano, contadas palabras por los pasillos, tímidos saludos por la calle...Resultaba evidente que los años y la madurez intervinieron para que se mirasen de otra manera, como un hombre y una mujer.
Ella sentía una enorme atracción hacia sus verdes ojos, su cara de pillo y ese pelo rebelde y ondulado que crecía a los lados de su cara, en forma de largas patillas. "Tiene aspecto de señorito andaluz" pensaba y se sonrojaba sólo con recibir una mirada.
A él le resultaba preciosa su larga melena, que sonriera con tanta facilidad y su expresividad en la mirada. Esos ojos almendrados con los que podía soltar carcajadas, seducirte o tumbarte. En cierta manera, siempre le intimidó su manera de mirar, de caminar, de comportarse...tan segura de sí misma. Le intimidaba tanto como le daba morbo. 
Coincidieron una noche, en plenas fiestas del pueblo, en la que ella se escaqueaba de un noviete que se había echado más por entretenimiento que por otra cosa. Vio a Iván sentado en un banco junto a otro amigo en común y se sentó a su lado. Coquetearon ante la mirada atónita de varios amigos e incluso quedaron en que se verían al día siguiente para ir al cine. Este momento no llegó a suceder. En cuanto Carlos se enteró de que su hermana intentaba tener un acercamiento con su amigo, le hizo saber claramente que él estaba disconforme, algo que le dolió mucho. Sin embargo, prefería evitar cualquier enfrentamiento con su familiar, así que optó por poner tierra de por miedo entre ella e Iván.
Sucedió un año entre aquella noche y la próxima en la que se quedaron solos hablando de los dos. Daniela salía de una relación tormentosa y necesitaba una bocanada de aire fresco, volver a confiar y sentirse deseada. Iván estaba enredado en una historia donde la parte contraria lo estaba mareando y él quería más, amar y ser correspondido. Se encontraron de frente en un callejón, una señal de que esa noche no había otra salida. Él pelín perjudicado por los efectos del alcohol; ella lo suficientemente sobria para ser consciente de que aquello no era del todo correcto, pero lo bastante vulnerable para dejarse querer. Él acelerado por probar su piel; ella frenando no con mucha convicción el deseo de recibirlo. Él mimando las heridas que le habían producido anteriormente con palabras sinceras y halagadoras; ella haciéndole sentir con el lenguaje de las miradas que lo que escuchaba era recíproco.
Charlaron durante horas, bailaron mirándose a los ojos y dieron la bienvenida al amanecer conversando sobre el miedo: miedo a sufrir, miedo a perder la libertad, a perder a Carlos. Una despedida que se cerró con un beso que acarició ambas almas, conscientes de que aquella caricia se convertiría en arañazo próximamente.
Los días posteriores fueron extraños. Daniela intuyó que su hermano había escuchado comentarios por parte de su círculo de amigos dado su comportamiento. Esa actitud de rechazo que adquirió hacia ella la hizo sentirse sucia ante sus ojos, cuando en realidad no veía que hubiese hecho nada malo. No se arrepentía de lo sucedido y recordaba lo vivido con Iván con mucho cariño y cierta melancolía. Tenía una sensación agridulce. Había encontrado en aquel chaval alguien con el que estaba a gusto, con el que podía hablar de cualquier tema, con el que olvidar las malas experiencias vividas y compartir nuevas especiales; sin embargo, no estaba preparada para enfrentarse a su hermano y arriesgar en algo que tampoco era certero que funcionaría. El miedo, otra vez.
Dos semanas después, una tarde en la que ella se preparaba para salir a la calle, escuchó entrar a Carlos en casa junto alguien. Abrió la puerta de su habitación y el corazón le dio un vuelco al dar de bruces con el que hacía días ocupaba su pensamiento. Estaba ahí, frente a ella. Estaban ahí, frente a ella. Se miraron, se sonrieron y se acercaron titubeando para besarse, esta vez, en la mejilla.
-Bueno, vámonos.-intervino el tercero en discordia-Sólo hemos venido a recoger unas llaves.
Iván se había ofrecido a acompañarlo con la esperanza de ver a Daniela y el destino lo ayudó. Ajenos al tono molesto de Carlos, se mantuvieron la mirada y la sonrisa, hasta que él agregó:
-Luego nos vemos.
Aquella misma noche, para poder verse, él tuvo que buscarla. Se hallaban en la misma discoteca y, tras tener un altercado los dos hermanos por culpa de que ella le pidiera el número de teléfono de Iván, éste dio con Daniela. La visualizó bailando sola, rodeada de gente, pero ensimismada. Así era ella, independiente y única, siempre moviéndose a su ritmo, libre y algo bohemia. Así le gustaba a él y, al observarla, comprendió que entendería fácilmente lo que en breve le iba a comunicar. Se fue acercando lentamente y la agarró de la cintura sacándole de la burbuja que había creado en torno a ella en mitad de la pista. No pareció importarle al percibir que quien había interrumpido ese momento era Iván.
-Mañana me voy a Cádiz.
-¡Qué bien! ¿Para cuánto tiempo?
-No lo sé, me voy a vivir allí. Venía a despedirme.
Daniela cambió el gesto, su rostro reflejaba confusión, se puso nerviosa. Le tomó del brazo y lo arrastró fuera.
-¿Por qué no me lo has dicho antes?
-¿Hubiese cambiado algo?
No supo responder, aquel chaval que hace años sólo era el “amigo mono” de su hermano la había dejado sin palabras, la había abatido, le había descubierto sus miedos. Su primer pensamiento fue mandarlo a paseo, pero se vio incapaz al ver que lo tenía frente a ella, sonriendo y dirigiendo su mano a su mejilla.
-Hey-susurró entonces él-Vamos a aprovechar esta noche.
Unas horas más juntos, unas horas en las que recuperaron el tiempo perdido, en las que se vieron el alma y tras las cuales se conocieron verdaderamente. No hubo sexo, ni besos, ni tan siquiera caricias. Hablaron de cine, música y amor. Ella confesó que esa mirada de ojos verdes le intimidaba y él disfrutaba provocándola.
-Deja de mirarme así.
-¿Así cómo?
-Me poner nerviosa.
-¿Y eso cómo es?
No importaba la edad ya. Iván se sentía un hombre a su lado porque ella lo veía como tal.
-Si hubiésemos ido hace un año al cine, mañana no me iría a Cádiz.
-Si a Carlos no le hubiese importado, habríamos quedado.
-Si hubiésemos sido más valientes, tendría un motivo para quedarme aquí.
-Tal vez no hubiese funcionado.
-Ése es el miedo que tienes tú realmente: a arriesgarte por si pierdes. ¡Olvídate del resto, joder! Es una excusa, te da pavor meterte en algo por si sufres. Estás muy cómoda tú sola, pero te estás perdiendo muchas cosas, entérate.
-¿Crees que habría salido bien?
Iván mantuvo la mirada en la suya durante unos segundos de silencio y por fin, respondió:
-Estoy convencido.
-No te vayas.-expulsó ella.
Se aproximó a ella, la sonrió y le contestó:
-Has tardado años en pedirme eso, ya es tarde.
Daniela no se enfadó, no tenía tiempo. Ni para pedirle perdón, ni para reconciliaciones, ni para dramas...ya lloraría su ausencia en unas horas.
Y efectivamente, Iván se fue y ella se quedó triste con la esperanza de que volviera pronto para quedarse a su lado.
Mantenían contacto a través de vía telefónica. Ella le contaba que el invierno estaba siendo duro, mucha lluvia y poco entretenimiento y él le enviaba fotos de momentos de surf. Daniela conoció algún chico que otro con el que no llegó a nada e Iván andaba centrado en encontrar trabajo y en disfrutar y conocer su nueva tierra.
Hace una semana, ella recibió un mensaje: “Llego mañana, me quedo allí una semana y espero verte”. Se quedó paralizada y no sabía qué responder a ello. Ansiaba tanto verlo que al encontrarse tan cerca del momento, no estaba segura de cómo iba a reaccionar, de qué querría él encontrarse, de si debía contárselo a Carlos…incluso de si le haría bien estar con él para volver a despedirse. Esos meses los había pasado martirizándose por cobarde, arrepintiéndose de no haberse lanzado al vacío en su momento, de haber perdido la oportunidad de intentarlo con Iván y era consciente de que esta visita le haría más daño: verlo llegar, verlo marchar. Lo único que acertó a responder fue “Bienvenido a la tierra de la lluvia”. Se sintió tonta nada más enviarlo.
Al tercer día, se dio cuenta de que estaba evitando cualquier encontronazo, cosa que él intuyó y aún así volvió a dirigirse a ella para quedar un día. Aceptó.
Llovía y Daniela llegó algo tarde. Iván la esperaba en la barra del bar, tomándose una caña. Al verla entrar, un impulso lo empujó a levantarse del taburete en el que estaba. La vio más guapa que nunca, con abrigo rojo a juego con los labios y el pelo despeinado. La notó nerviosa, pero como siempre intentando disimularlo, caminando hacia él con una amplia sonrisa y paso seguro. Percibió las notas de algún perfume caro al recibir los dos besos reglamentarios y se sonrojó al escucharle decir:
-¡Qué guapo estás!
-¡Pues ya tengo mérito! Este tiempo me está arrugando, voy a pirarme antes de encoger también.
Ella cambió el gesto al oír citar su marcha, pero lo ocultó sutilmente para pedir al camarero un té. Él se dio cuenta y entendió que para Daniela no era fácil aquella situación, algo que en cierta manera le gustó saber, ya que ello conllevaba que ambos mantenían sentimientos hacia el otro. Conversaron durante horas entre cómplices miradas y gestos que delataban que existía una atracción mayor que incluso la última vez que se vieron.
-Creo que no quería verte.-soltó ella de repente.
Al contrario de lo que esperaba escuchar ella, él contestó:
-Ya lo sé y lo entiendo.
No hizo falta decir nada más. Entendían cada silencio del otro, cada frase sin terminar, cada casual (o no tan casual) mínimo roce de piel…y los dos estaban de acuerdo en que esta situación les hacía daño.
-Si estuvieses aquí, todo sería diferente…pero no estás.
-No me vas a hacer sentir culpable, bicha…Las cosas son así y lo sabes. Encima que ahora he encontrado curro…
-Sí…es una pena.
-De momento, es así.
-Espero que todo te vaya bien.
-Yo también a ti.
Se abrazaron y se alejaron el uno del otro con la convicción de que esa historia de amor era imposible.
-¡Iván!
Se dio la vuelta para escucharla.
-¿Y si un día me planto en Cádiz?
Él sonrió.
-Allí siempre sale el sol.


Meses sin escribir nada, meses leyendo y viviendo. Hace dos días un palo, un palazo...y yo reescribo (esta vez, en el ordenador) algo que creo recordar que sucedió. 

http://www.youtube.com/watch?v=NavVfpp-1L4

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